Armando Martínez de la Rosa
Los brevísimos sueños
Muchos años atrás, en clase de una maestra de literatura brasileña, cometí una barbaridad. El día del caso, debíamos los alumnos externar las impresiones de la lectura de João Guimarâes Rosa. Después de que varios compañeros hablaron, llegó mi turno. Dije, con seguridad de probado experimento de laboratorio, que había encontrado en la prosa de Guimarães claras influencias de Francisco de Quevedo.
La maestra se interesó en tan extraña observación y me pidió que leyera un fragmento donde se denotara tal influencia. Presuroso, abrí la novela del brasileño y busqué afanosamente notas y subrayados. No encontré nada, ni un solo párrafo que sustentara mi temeraria afirmación de relacionar al célebre autor español con el brasileño.
Se compadeció de mí la profesora y me pidió que buscara con calma y al día siguiente llevara las pruebas de mi extravagante hipótesis. Avergonzado, me puse a recordar dónde había encontrado yo la supuesta influencia quevediana. Desatendí la clase por tantas vueltas que di al laberinto aquel en que me encontraba perdido. Finalmente, caí en la cuenta mediante la reconstrucción de mis actividades. Había llegado del trabajo a mi casa a comer y luego a leer al autor brasileño. En esa tarea me quedé dormido y soñé que encontraba las tales por cuales influencias de Quevedo, inexistentes por supuesto. Fue un sueño brevísimo y el cansancio me provocó la confusión.
Cuento esto porque siendo Sabbath un sitio de asuntos de caza principalmente, otros muchos brevísimos sueños han ocurrido sobre todo mientras me encuentro al acecho del venado y el jabalí en jornadas largas y extenuantes. Los brevísimos sueños me han invadido de madrugada, en las pesadas horas en que el cazador debe mantenerse despierto y en alerta.
De súbito, un leve cabeceo despierta al cazador que recuerda un sueño fugaz, corto, apenas claro y colorido, de cualquier cosa. En esos instantes, los párpados pesan como rocas de granito y el cuello termina por doblarse.
Paradójicamente, su brevedad los hace reparadores. Al menos, eso me pasa a mí, no sé a otros cazadores u otras personas ajenas a la cinegética. Con los muchos años en los montes durante la temporada, con los acechos prolongados de jornadas diurnas y nocturnas en que la vigilia es indispensable, el cuerpo, sobre todo el cerebro, aprenden trucos como el de los brevísimos segundos -acaso 60, 90 como mucho- de dormitar y soñar, porque soñar mejora el descanso.
Y ahora, recordaremos a un poeta cercano a Quevedo, Pedro Calderón de la Barca, que escribió lo siguiente en el soliloquio de Segismundo en prisión, en La vida es sueño.
Sueña el rey que es rey, y vive
con este engaño mandando,
disponiendo y gobernando;
y este aplauso, que recibe
prestado, en el viento escribe,
y en cenizas le convierte
la muerte, ¡desdicha fuerte!
¿Que hay quien intente reinar,
viendo que ha de despertar
en el sueño de la muerte?
Sueña el rico en su riqueza,
que más cuidados le ofrece;
sueña el pobre que padece
su miseria y su pobreza;
sueña el que a medrar empieza,
sueña el que afana y pretende,
sueña el que agravia y ofende,
y en el mundo, en conclusión,
todos sueñan lo que son,
aunque ninguno lo entiende.
Yo sueño que estoy aquí
destas prisiones cargado,
y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.
