Armando Martínez de la Rosa
El rito de la caza
Lejos de una actividad deportiva, la caza es un rito por encima de toda su naturaleza. Así comenzó y así continúa decenas de miles de años después.
35 mil años hace que en la Cueva de Altamira un grupo de humanos del periodo paleolítico pintó en las paredes de la cavidad los animales que usualmente cazaba. Toros, bisontes, ciervos, cabras -sobre todo- quedaron grabados en los muros, arte antiquísimo que era parte de un ritual, el de la cinegética.
Pintarlos fue una manera de invocarlos, de atraerlos, de pedir a los dioses el acto generoso de permitirles cazar para vivir, para alimentarse. Imaginemos a la partida de cazadores concentrados ante las figuras pintadas para provocar el encuentro próximo.
Son obras de alta calidad estética. Pintados en arte figurativo y al mismo tiempo con libertad creativa, bien podrían formarse en las paredes de las grandes galerías contemporáneas o en las de los museos de mayor renombre mundial. El manejo de los colores y los tonos, la composición, la perspectiva, el movimiento, la luz y los contrastes son de una exquisitez estética que supera a las obras y las técnicas de muchos artistas contemporáneos, ya no digamos las de los farsantes que pegan con cinta un plátano en un muro y lo llaman obra de arte. Y si tal “artista” es un imbécil, más lo es quien lo compra. Tal el fraude que ¡ni siquiera se lleva el mugroso plátano!
Ahí, en esa catedral -y en otras muchas cuevas de todos los continentes- se cumplían los ritos de la caza, el místico llamado previo a que salieran los cazadores en busca de la vital carne animal cuyas proteínas nutrieron a la especie y la impulsaron a llegar a un futuro que ahora es nuestro presente.
De otro modo, es cierto, el cazador contemporáneo también cumple un rito, el de la preparación de la partida de mañana, dentro de una semana o el de la temporada completa. La imaginación a modo de rito alienta el entusiasmo, la esperanza de una buena caza, el aprovechamiento de la experiencia largamente acumulada, la recopilación de arreos -los menos posibles, los esenciales- para cumplir el mandato minimalista.
La última fase del rito ahora ocurre momentos antes de iniciarse las partidas, al instante de dispersarse los cazadores de cara a ocupar los puestos asignados, si se caza al acecho o espiando, o a incursionar en el monte a caminar y caminar si la modalidad elegida es esa. Entonces, las bromas desaparecen, los chascarrillos cesan y todo se torna serio, porque cazar es asunto serio.
Que Dios reparta suerte y que cacemos todos la mejor presa de la vida. Tal el deseo siempre, independientemente de cuál sea el resultado muchas horas después. El rito es el rito y más si es sagrado, cualquiera la forma de la ceremonia.
Hoy como hace miles y miles de años, al acto de cazar lo precede un rito, un acto de introspección, una mística sin la cual la cinegética perdería su esencia de actividad profundamente humana.
