Armando Martínez de la Rosa

Para conocer una ciudad hay que conversar con sus habitantes y caminar sus calles. Ambas son condiciones sin las cuales tal conocimiento es imposible o al menos improbable.

Desde que recuerdo, desde mi muy lejana infancia, he platicado con gente de Colima y recorrido sus calles una y otra vez a pie, en carro, en bicicleta. Soy colimense de pura cepa y de varias generaciones atrás. Me molesta por eso mismo testificar cómo mi ciudad se va deteriorando aceleradamente.

Ciudad de baches, de calles de noche mal iluminadas, de tránsito vehicular desordenado donde ni los semáforos están sincronizados; capital donde las motocicletas esparcen ensordecedores, impunes ruidos de excesivos decibeles.

Hay, sin embargo, una característica urbana más lamentable. Colima es una ciudad cochambrosa. Cualquiera pega carteles donde le viene en gana para anunciar lo que se le hinchan las gónadas: circos, fiestas, restaurantes, empleos, préstamos de dinero. Desde que se acabaron los periódicos impresos, las galeras de antes son ahora postes y paredes tan impunes como las motos.

Las calles no sólo tienen baches. Tienen también basura rezagada, acumulada, vieja, maloliente. O ramas y hojas que nadie recoge. Quien quiere puede vaciar escombro donde se le antoje. Desde un auto que pasa, alguien, una mano, arroja basura. Acto de una subcultura que las autoridades municipales ni ven o no quieren ver.

Así pasa los días, las semanas, los meses mi ciudad, Colima, mientras su alcalde, Riult Rivera, se afana en organizar fiestas y concursos de esto y aquello como si tal fuese la esencial tarea de gobierno y el iluminado camino que lo lleve a la candidatura a gobernador.