Armando Martínez de la Rosa
Trumpil de la calle
Donald Trump anda ocupadísimo prendiendo fuegos en unos países y apagándolos en otros, según su conveniencia y -él lo dijo- hasta los límites éticos que él mismo se impone.
Y sí ha atinado en Venezuela, aunque a medias, porque en lugar de erradicarlos dejó a los chavistas en un pleito de perros que parece no acabarse, un escenario en que la traición es el acto más codiciado para salvar el pellejo propio. Para eso me gustaban esos que gritaban “¡patria o muerte!”. En cuanto vieron venir a la muerte, se les olvidó la patria.
En Irán a Trump lo detiene todavía el miedo. Dijo que cuando los criminales ayatolas asesinaran manifestantes civiles pacíficos, intervendría de inmediato. Ya van 30 mil víctimas mortales de los muy devotos curas (ayatolas) y Trump sigue en las mismas, sin dar golpe.
Quiere comprar Groenlandia, y los groenlandeses, que son poquitos pero picosos, le dijeron que no está la patria en venta.
En el caso de México, el de la Casa Blanca dio ya las primeras señales de cómo viene el juego. Parece que hoy por hoy, el peor negocio en el país es ser narco. Ya era hora. Y que pronto los peores sean los oficios de narcopolítico y de narcomilitar.
Con todo eso, los estadounidenses, congelados por la tormenta invernal, ateridos de frío por cortes de electricidad, amenazados con que viene lo peor, se preguntan cuándo se le ocurrirá a su presidente intervenir en Estados Unidos.
O dicho de otro modo: cuándo dejará de ser Trumpil de la calle y oscuridad de su casa.
