Don Ceniciento en la tremenda Corte

A Don Ceniciento, el ministro Hugo Aguilar Ortiz, presidente de la Suprema y Tremenda Corte de Justicia de la Nación, le acomodó pronto el zapato limpio, brillante, a su medida, pulido, bien boleado como si hubiera ido con los aseadores de calzado de los jardines del centro de Colima, esos magos de los zapatos limpios y brillantes.

Privilegios súbitos del poder político, a Don Ceniciento le limpiaron los zapatos dos de sus empleados, subordinados, una de ellas la directora de Comunicación Social de la Corte. Se inclinaron ella y otro subalterno a impedir, así costara la dignidad si aún la hubiera, que el jefe, el ministro que presume humildad, entrara a la simulación de fiesta de la Constitución con el calzado sucio.

Salvó el episodio, pero luego se le vino encima el implacable expediente de la crítica en redes sociales. Y más tarde, Don Ceniciento dio una explicación del acontecimiento más relevante de su corta carrera en la Corte. De nada sirvió y el hombre continuó señalado por permitir la humillación de sus empleados en una escena de la peor historia de la ignominia del poder.

No es la primera vez que a Don Ceniciento se le convierte la carroza en calabaza. Hace una semana tuvo que meter reversa a la compra de camionetas de lujo blindadas para él y los otros 10 ministros. Así sufren los austeros republicanos, los de primero los pobres, los transformadores que terminaron en Transformers.

A los serviles ayudantes del ministro humilde habrá que premiarlos con una función de cine en que pasen El bolero de Raquel, con Cantinflas en el protagónico de un limpiador de calzado.

A Don Ceniciento se le puede acomodar en Semana Santa en la visita a los 7 templos y que, en el papel de Jesús, les lave los pies a los otros ministros.

Esta Tremenda Corte va de ridículo en ridículo, de escándalo en escándalo, de torpeza jurídica en torpeza política. En esa condición la ha puesto la voluntad de control del que añora el poder y ve cómo se le desmorona su sueño transexenal y, en un descuido, hasta la garantía de impunidad, ese de Palenque, el fugitivo López.

Tiempo de reposición

Cuando se reveló el gigantesco crimen en el Rancho Izaguirre, en Jalisco, la fotografía de cientos de pares de zapatos evidenció lo que ahí ocurrió. Entonces, el baquetón lenguaraz senador Gerardo Fernández Noroña afirmó que no había pruebas de que el calzado perteneciera a cientos de desaparecidos en el rancho tal. Don Ceniciento podría llamar a La Roña para que lo defienda diciendo que los zapatos que limpiaron los ayudantes de Aguilar no eran suyos.