Armando Martínez de la Rosa
Caras y máscaras
El rostro es la primera y más importante seña de identidad de una persona. Ocultarlo es un gesto desagradable, funesto a veces y delator en ocasiones de felonía. Lo es también de cobardía. Los bandidos lo cubren con máscaras para que nadie sepa de su conducta.
En ciertas circunstancias, la cara se oculta por necesidad. Policías y militares tapan el rostro para evitar que los malandros los identifiquen y cobren cobarde venganza más tarde. Los cubrebocas han vuelto en estos días de influenza, sarampión y otras maldiciones colectivas. El trapo ese nos remite a las deplorables memorias de la pandemia de coronavirus.
Suchitlán, en el norte de Colima, es un pueblo donde se elaboran máscaras de madera para los danzantes que cumplen varias veces al año rituales artísticos y religiosos.
Máscaras parecidas a las de Suchitlán se fabrican a miles de kilómetros de distancia, en el sur de Asia. No son para bailes, sino para colocarlas en la nuca de quienes se internan en las selvas y se exponen al ataque del tigre de Bengala, que se lanza a la espalda de los humanos. Simulando el rostro por la nuca, el gran felino se disuade de cargar.
Usadas desde tiempos lejanísimos, milenios atrás, las máscaras son y han sido consustanciales a la cultura y la civilización, al ritual, a la diversión, a la caza, a las artes y las religiones. El teatro griego clásico se representó en dos de sus utensilios primigenios, las dos máscaras, una sonriente y otra triste. A la fecha, aún son símbolo de la dramaturgia.
Ocultarse es una de las estratagemas más utilizadas en la naturaleza. Se ocultan los bichos microscópicos de modo que sólo mediante laboratorios se les identifica y ubica para combatirlos. Una gran cantidad de animales se ocultan para protegerse de sus depredadores y otros para atacar y cazar a sus víctimas. La mayoría dispone de camuflajes naturales. Pocos son aquellos que, por lo contrario, exponen sus colores brillantes indicadores de toxicidad para disuadir al agresor.
En todos estos asuntos y muchos otros pensaba semanas atrás mientras esperaba, oculto, camuflado, rociado con un líquido especial para impedir que mi olor se propagara, mientras aguardaba a un venado que quizá vendría o tal vez ni se asomaría, o en la peor de las opciones, me detectaría y reandaría su camino sin siquiera sospechar yo que el bicho venía a beber en el abrevadero cerca del cual me encontraba.
Cada cazador se oculta como mejor le parece. Algunos se cubren el rostro. A mí me desagradan las máscaras, incluso en sentido figurado. Y en la cacería no las porto porque no las soporto. Prefiero pintarme rayas negras en la cara y bajo los ojos para amortiguar la cegadora luz del sol cuando pega directamente al rostro. Sí, por supuesto, uso ropa camuflada y tapan mi figura las ramas y hojas del baluarte que he construido.
He recordado tales pensamientos que tuve en el puesto de tiro sobre las máscaras y las caras. Vinieron a la memoria luego de que en la tarde, en mi casa, vi por casualidad el estuche de una película en un librero de mi filmoteca. Es La adorable pecadora, [Let’s make love es el título original en inglés]. En el lomo del empaque casi difuminado aparece el inconfundible rostro de Marilyn Monroe, protagonista del filme. La veo y me reafirmo que me agradan las caras libres, abiertas, las que se muestran, y si sonríen, mejor, aún en las tragedias, como tragedia y drama fue la vida de la hermosa Monroe.
