Armando Martínez de la Rosa

Dormir y velar

Dormir es uno de los grandes placeres del cuerpo y la mente, lo mismo de humanos que de animales. Un buen sueño recupera las energías, espabila la mente y alienta el buen humor, ingrediente indispensable de la buena vida, creo yo.

Mantenerse en vela, en cambio, es una labor ardua cuando consume las horas que debieran dedicarse al descanso. Supongo que son muchos los motivos de un desvelo, desde una fiesta prolongada hasta una enfermedad o el cumplimiento de tareas impostergables. O la preocupación por la familia. Pregunte usted a los médicos pasantes que se mantienen en vela por periodos larguísimos en hospitales cuando cumplen un torturante “internado”, o a los policías sometidos a más de un día -con su noche- de labores, o a los choferes de tráileres que con frecuencia conducen en calidad de zombis.

A veces, el desvelo se combina con el placer. Tal ocurre en la caza. Muchos cazadores nos desvelamos noches enteras en una de las modalidades cinegéticas que, a mi juicio, es asaz emocionante: el acecho, esa práctica que en lengua colimota llamamos espiar. Consiste en colocarse cerca de un ojo de agua, un árbol en privanza de frutas que los animales comen -con frecuencia a altas horas de la madrugada- siempre a la espera del bicho para dispararle. El cazador suele encontrarse, por puro gusto suyo, en vigilia, luchando contra el natural impulso de dormir. A veces, el cuerpo se vence y el espía termina dormido, así sea por un momento y al despertar le queda la sensación, casi remordimiento, porque en ese lapso el sigiloso venado o hasta el escandaloso jabalí pudieron llegar, comer o beber y retirarse mientras el cazador se soñaba apuntando a una buena presa.

Ignoro cómo la pasarán otros cazadores en sus puestos de acecho nocturnos, sentados en una piedra, en una silla de lona en el mejor de los casos, o en la relativa comodidad de una hamaca mientras acechan al ciervo. Pero puedo contar cómo me ha ido por lo general a mí. Suelo mantenerme despierto con apenas unos cabeceos brevísimos, dormitando unos segundos, uno o dos minutos como máximo.

Cuenta a mi favor -y supongo que así ocurre a muchos más- la facilidad con que puedo dormir en las más severas incomodidades o mantenerme despierto cuando así lo exigen las circunstancias aunque venga de una desvelada previa. Ya habrá tiempo de recuperarse en el confort de la cama hogareña. He dormido sobre un tronco de palmera con un ladrillo en funciones de almohada, en pleno suelo acomodándome entre piedras o de pie recargado en un árbol o en la arena rasa de una playa de río. No soy muy exigente en esos menesteres.

Pero si estoy de caza, al acecho, puedo mantenerme en alerta todo un día y una noche entera hasta el amanecer. Es duro, pesado, cansado, y algunas veces remunerador. En cierta ocasión, espiando un pasadero de venados, en un pedacito plano en la ladera, me dieron las 5 de la madrugada y estaba a punto de rendirme. Entonces me dije: -Vamos, cabrón, a eso viniste, a desvelarte, mantén los ojos abiertos 10 minutos más-. Me convencí a mí mismo. Pasaron 5 minutos y escuché el levísimo paso de un venado. Alucé y disparé. Un muy estimado amigo experto venadero, nuestro guía, en otro puesto a unos 100 metros más arriba del cerro, escuchó el trueno. Por la mañana, mientras descarnábamos los 3 ciervos de esa noche, me dijo: -Ahora sí ya sé que no te duermes en el puesto-. Fue un elogio viniendo de él, un gran cazador. Quedarme despierto me ha recompensado con varios excelentes venados de gran tamaño y buenas astas, con la satisfacción de abatirlos en altas horas de la madrugada. En ocasiones, las menos, he tirado apenas una o dos horas después de ubicarme en mi puesto. No siempre es así, la mayoría de las veces he regresado muy cansado y con las manos vacías. Pero sé que para ir a una buena caza hay que ir a todas y siempre dispuesto a desvelarse. Después de todo, en casa puedo luego dormir largas jornadas sin que nada ni nadie perturbe mi merecido sueño.