Armando Martínez Orozco
Lentamente, como a un paso tierno,
decadente, si fuera la forma
de un verso estilizado
en la prompiterna modernidad;
suave hecho irreconocible, deformado
en la palabra no escrita,
en la simiente, en el abismo, en la calma,
no escucha sino la voz del propio,
del augurante, del ahora reconocido
trovador de mares, cantante de ríos,
y escucha el agua cómo clama entre sus sombras
de conciencia, de ojos, de manos
de todo aquello donde no sabe detenerse:
será su herrumbre, la caída de sus hogares,
su nuevo intento de fracaso,
mas no desistirán los hombres de su empeño
siempre, siempre furtivo: la estúpida riqueza.
