¿A qué le llamas amor, amor?
¿A dónde viene a llorar céfiro? Clamante, suspirante, ardiente en otras voces.
¿Cómo es que llora el chechén en tu boca? Si tragas, balbuceas, exprimes.
¿Dónde se postra el señor viento, en esta noche, detrás del sol?
No sabría decirle con cuánto ahínco el rey no se ha rendido, no padece
en el esplendor de su palabra todo podría ser dicho y no, como aquellos
que juran haberlo vendido por tres quilates de oro y un poco de agua.
Es esa misma gente la que no conoce el amor y están en terrenos, digamos,
de la lujuria, pero forniquen, pero no hacen no saben hacer lo
que la palabra honrada, domesticada, ha llamado amor, tan tierno, tan balbuceante.
Escogen, ríen, lloran, claman, desdicen y no encuentran halllan la palabra amor
ni en lo más profundo de sus besos no se besan, se penetran, no se abrazan.
¿Qué es lo que pasa con ellos que no saben cobijar un orgasmo, un beso
un pedazo del néctar femenino en su lengua, en sus gargantas, en su mirada
no hay, no existe posibilidad de hacerse de la certeza de se hace el amor?
¿Qué aprendieron, qué practican, qué obran, qué hacen con aquello llamado amor?
¿Con sus manos no lo cobijan, no lo sienten, no lo argumentan en su palabra?
¿Qué amor se hace amor en su palabra si no es el propio de su carne proverbial destino?
Repito: ¿A dónde viene a llorar el viento? Si no es al polvo de tu vientre.
