Armando Martínez de la Rosa
Cuando el futbol era nuestro
El Mundial de Norteamérica evidenciará, para quienes aún duden, que el espectáculo del futbol profesional dejó de ser de la gente para convertirse en negocio de una FIFA sin escrúpulos.
Aunque usted no lo crea, hubo un tiempo en que el balompié profesional y los Mundiales eran propiedad de la gente común. En 1970, vi en el estadio Jalisco a Pelé y su Brasil fascinante. Era yo un adolescente y mi queridísimo e inolvidable tío Pancho de la Rosa (qepd), que no era rico, me invitó a dos partidos de aquel Mundial. Que él pudiera pagar su boleto y el mío nos da una idea de que las entradas eran accesibles a la clase media.
Hoy se pagan miles y miles de pesos por una entrada, si se consigue. Y una fortuna en la reventa que controla la mafia del balompié profesional. Las empresas revendedoras de entradas son parte de ese negocio abusivo. Las compañías patrocinadoras de los Mundiales hacen negocio rifando boletos a cambio del consumo de refrescos -decenas de millones de ellos- o de cualesquiera otras baratijas.
Las empresas televisoras encuentran en el balompié profesional y en los Mundiales un renacimiento financiero. Ayudan a la FIFA y a sí mismas creando un mundo imaginario, el de un deporte maravilloso jugado por atletas formidables que equivalen a los santos venerables de los templos y de ellos se esperan milagros que casi nunca suceden.
El negocio es posible porque encuentra consumidores de futbol dispuestos a la complicidad con la tormenta publicitaria, proclives a fanatizarse para meter un poco de contenido a la vacuidad de los tiempos de guerra y desesperanza que corren.
En 1970, el gobierno mexicano se preocupaba de crear un ambiente festivo a la vez que trabajaba en planes de seguridad en la discreción y la eficiencia. Hoy, las tres sedes norteamericanas están con el Jesús en la boca rezando por el milagro de que no haya atentados terroristas en los estadios, los campos de entrenamiento y los hoteles donde se hospedarán los jugadores.
El negocio crece con el fertilizante de la demagogia deportiva. Ahora serán 48 selecciones participando en el Mundial. En 1970, eran 16. Muchos de los equipos que competirán acuden con un nivel futbolístico deplorable que tendrían dificultades para ganarle un juego a la selección de las Madres Adoratrices, pero ayudan a expandir el negocio generando interés en sus países, mientras el morbo de los aficionados los ilusiona con que los “débiles” venzan a un poderoso. Es probable. Según la matemática maradoniana, de diez veces que juegas contra un equipo mediocre, al menos en una ocasión te vencerá. El público suele estar con el débil, siempre que no juegue contra su selección.
Brasil construyó una leyenda global. En nuestros días, ya no es la potencia balompédica que fue. Ni siquiera es favorito para estar en la final. La más reciente Copa del Mundo que ganó fue en Corea y Japón, en 2002, hace 24 años. El consuelo mexicano cuando el Tri era eliminado se llama Brasil y no parece que esta vez lo será, no ganará su sexto Mundial. España, Francia, Inglaterra, Portugal y Argentina son en 2026 los favoritos.
Pero ese futbol de hoy no nos pertenece más. Los espectadores que no podemos pagar un boleto del Mundial estamos fuera de la pirámide. En su ápice vive una élite negociante y con frecuencia corrupta. A mitad de la apotema, las empresas beneficiarias. En la base, los jugadores. Alrededor, los demás, los sin boleto, los resignados a la televisión.
Y no, nunca será lo mismo ver un partido en televisión que en el estadio. Conozca usted o no de táctica y estrategia del futbol, siempre lo disfrutará mejor en el estadio. Pero ya no podemos entrar. La FIFA y sus negocios nos eliminaron en la mesa desde hace mucho tiempo.
(Foto: Pelé es cargado a hombros por aficionados mexicanos en el estadio Azteca, cuando ganó la Copa del Mundo 1970.)
