Armando Martínez de la Rosa

De desastre en desastre

La primordial obligación de un Estado es garantizar la vida y los bienes de los habitantes del país que rige. Es un asunto de eficiencia simple. Lo cumples o fracasas.

El gobierno de la así llamada cuarta transformación va de fracaso en fracaso en asuntos de administrar los bienes públicos.

Pese a las advertencias de los expertos ambientalistas y los especialistas en ingeniería de suelos, el Tren Maya se construyó, se tendieron las vías en suelo frágil y se erigieron soportes donde el subsuelo es hueco. Un video lo demostró publicando la semana pasada la colocación de puntales de refuerzo a uno de los puentes del ferrocarril. Por si fuera poco, el precio de la obra a manos de la cúpula castrense se elevó. O estaba mal calculado de origen o se torcieron los rumbos financieros.

La refinería de Dos Bocas se instaló donde no debía, en terreno que se inunda naturalmente. A la fecha, la empresa cuyo precio se triplicó, más que gasolinas produce lástima. La semana antepasada, hubo un conato de conflagración en Dos Bocas. El gobierno negó la veracidad del hecho. Y menos de una semana después, un enorme incendio no pudo ocultarse.

En el Golfo de México, poco antes de Semana Santa, un derrame de crudo afectó en su nivel más extenso a 600 kilómetros de costas. El gobierno lo negó, como siempre. Luego envió a marinos a recoger chapopote de las playas, En alta mar ni una lancha movilizó.

Y ahora el derrame de la refinería Deer Park, en Estados Unidos, propiedad de Pemex y alma mater del huachicoleo fiscal.

Además del fracaso financiero, las obras de López se han vuelto símbolos de corrupción e ineficiencia. No lo van a llamar a cuentas porque entre gitanos no se leen la mano.

Los desastres son tan grandes que ya la capacidad de ocultamiento y negación gubernamental es insuficiente. La evidencia desnuda a la mentira oficial. A la élite política no le queda sino ir de choro en choro tratando de justificar el fracaso, ellos, quienes se vendieron a los electores llamándose infalibles.

Y no sólo son pésimos administradores y peores comunicadores, son especialistas en crear mundos de fantasía que creen que los sostendrán por la eternidad en el poder político, cuando ellos mismos con sus yerros acercan aceleradamente su propio fin.

MAR DE FONDO

** Qué desastre es también la autopista de Colima a Manzanillo. Una maestra tardó 5 horas en viajar de la capital al puerto. Yo mismo, hube de consumir 4 horas en llegar al aeropuerto de Playa de Oro. Una de esas horas transcurrió en el atorón de La Salada, que debiera cruzarse en 10 minutos. Uno ve obreros esforzándose en hacer con una pinche palita el trabajo de una máquina, las cuadrillas platicando largo y tendido, las excavadoras tumbando cerro a razón de una cubeta de material cada medio minuto. Y encima, ni una patrulla de la invisible e inservible Guardia Nacional de Carreteras.

** Qué lastimosa figura la del Consejo General del Instituto Electoral del Estado que “exhorta” a partidos y políticos a respetar la ley electoral. A los consejeros: en su temerosa y temblorosa exquisitez, pregúntenle a Efraín Juárez, el entrenador de Pumas de la UNAM, qué hace falta para cumplir los deberes de cada cual.

** Al alcalde de Colima, Riult Rivera, no le van a alcanzar todas las noches que le restan a su trienio para iluminar la larga lista de calles que se vuelven oscuras o semioscuras cuando el sol se oculta, fenómeno astronómico que tiene la terca manía de ocurrir todos los días, sin falta. Y menos tiempo tendrá Riult para arreglar el desastre de los asfaltos y rodamientos de las calles capitalinas.

A propósito de trabajo, ¿cuándo es el nuevo festival del derroche municipal en el centro de la ciudad?