Armando Martínez de la Rosa
Los elegidos del bosque
En el bosque, a los cazadores suelen ocurrirnos hechos insólitos, increíbles para los de alma urbana, realidades que mejoran fábulas, sucesos irrepetibles muchos de ellos y, sobre todo, asaz divertidos.
A diferencia de otros visitantes de los bosques, los cazadores tenemos por único objetivo el esparcimiento del espíritu mediante el esfuerzo del cuerpo. Cazar es el instrumento para materializar el propósito y cobrar una buena presa es mero premio a la perseverancia y la astucia.
Los cazadores no vamos al bosque a trabajar, como lo hacen algunas personas porque esa es su manera de ganarse honestamente el pan, o a pasar un rato como los excursionistas que recorren caminos trazados y pocos de ellos se atreven a ir a donde no los llaman, como hacen los cazadores.
Somos los elegidos del bosque, los que reciben las mejores sorpresas, salvan los peligros grandes, se enfrentan a la necesidad de resolver problemas que nunca se habían planteado y, encima de todo, lo disfrutan. Y entre los elegidos del bosque, tengo un amigo que es de los preferidos de las diosas de los montes y los duendes de los troncos viejos. Les cuento por qué.
Mi buen amigo Ricardo es un cazador viejo, experimentado. Tiene 73 años, una rodilla más que lastimada, y todavía camina en cerros, brechas, matorrales, lomas, bosques y aguajes.
Por supuesto, tiene un montón de historias qué contar, como aquella en que sus amigos lo colocaron en lo bajo de unos peñascos a espiar venado. -Va a pasar por aquí, sobre la plancha de piedra, de modo que hará poco ruido o ninguno al pisar, es cosa de que te asomes de vez en vez a la menor señal-. Y lo hizo en dos o tres ocasiones que creyó oír los pasos del bicho. Y no hubo nada. De pronto, sólo por instinto, por corazonada de cazador, se asomó a su visor, encendió la lámpara en el preciso momento en que un ciervo se asomaba al repecho donde Ricardo se encontraba. Tal fue el susto de ambos que Ricardo lanzó un grito de arriero y el venado un resoplido que al cazador le llenó la cara de saliva, vaho y olor a mojos masticados, para luego salir corriendo tan asustado como el humano con quien se encontró cara a cara.
Cuando uno va a cazar al acecho -espiar, decimos en lengua colimota- por largas horas, se deben llevar algunos pertrechos imprescindibles, entre ellos un envase de plástico en qué orinar para evitar que el olor del líquido se esparza y aleje a los venados. Ricardo olvidó llevar uno cierta vez. Para su suerte encontró un envase de cocacola de 2 litros en el camino. Lo tomó para el uso del caso. Y cerca de la medianoche, alzado en la hamaca a 3 metros del suelo en las ramas de un árbol, al cazador le vino la necesidad de micción. Sacó la botella y depositó sus líquidos dentro hasta que sintió que un agua calientita le mojaba las piernas. Encendió la linterna y corroboró que había orinado sobre sí mismo porque la botella estaba rota, rajada, y él no se dio cuenta de eso cuando la recogió. Bajó del árbol y se regresó al rancho.
Sentado en la falda de una loma, noche ya, Ricardo aluzó al sendero. Disparó sobre los grandes ojos. Pero los ojos no se murieron. Por lo contrario, herido el bicho, furioso por la agresión, se lanzó con las fuerzas que aún tenía, y eran muchas, a cobrarle el agravio al atrevido, que usaba una escopeta monotiro y no tenía tiempo de recargar.
Al ver la carga del feroz bicho, un mojocuán, que es como un jaguar del tamaño de un perro mediano, Ricardo decidió defenderse como pudo. Tomó la escopeta por el cañón igual que se toma un bat de beisbol y con la culata pegó de hit en la vapuleada anatomía del gato rabioso y lo envió al jardín central. Esas y muchas otras historias más me cuenta mi amigo Ricardo después de que la última vez que salimos juntos él, mi compadre Cándido y yo, tuvo un inesperado encuentro con un enjambre de abejas africanizadas de las que escapó por pura suerte. Esa se las cuento otro día.
