Armando Martínez Orozco
La tumba donde te encontré era sólo un montón de tierra.
Aquel día tu cocinabas unos huevos fritos o algo de carne,
sería el momento del desayuno o de la comida, no recuerdo.
Tal vez no pudiste decir hola ni adiós y solo tomé tu mano.
Aquella vez te dije: «En este libro está la historia de tu vida».
No sé si te habrás olvidado de esas palabras
o si en verdad tomaste el libro y decidiste dejarme a un lado.
Yo, con humildad serena, solo puedo decirte:
«Tu cuerpo, tu dulce cuerpo blanco, se mueve como una luna en la charca».
No tiembla, poco gime, simplemente padece el ser penetrada
con dulzura, con amor, con elocuencia, con tacto
que no digan que no hicimos de esa tarde una tarde de humedad
porque mi semen, sin conocerte, es un decir,
ya antes hubiera llegado a ti en tan pocos segundos.
Por eso, esta noche quiero decirte: «No estás tan linda
como el día que te conocí pero tu sabiduría me infunde mucho respeto».
Dirás de mí que soy patán pero no sabrás decirme que yo también
padezco de eso que algunos llaman: «Recordarte y siempre acompañarte».
Estés donde estés.
