Armando Martínez de la Rosa
** En una cena ofrecida por Washington al rey Carlos III de Gran Bretaña, el monarca se mofa de Trump.
El legendario humor británico puede ser también incisivo y fulminante, sobre todo cuando proviene de un miembro de la realeza y se dirige a un plebeyo que, por muy poderoso y rico que sea, no deja de ser plebe.
En una cena ofrecida anoche por Washington al monarca británico por su visita a Estados Unidos con motivo del 250° aniversario de la independencia, el viudo de Lady Diana, sin perder la compostura, le dijo a Trump lo siguiente:
“Usted comentó… que si no fuera por Estados Unidos, Europa estaría hablando alemán. Me permito decirle que, si no fuera por nosotros (los ingleses), usted estaría hablando francés”.
Trump había alardeado -aunque usted no lo crea- de la intervención de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, la derrota del Tercer Reich, la toma de Berlín y la supuesta acción liberadora de las tropas americanas. De ese modo, Estados Unidos evitó, según Trump, que Alemania impusiera su lengua a Europa.
Sin embargo, la historia tiene otros datos. El ejército de Estados Unidos llegó a Berlín el 4 de julio de 1945 y nunca combatió ahí. Quienes tomaron Berlín fueron los soviéticos. El Ejército Rojo entró el 2 de mayo de 1945, más de dos meses antes que los americanos, a Berlín y venció a los nazis en su propia capital.
Ahora bien, el ex de Lady Diana que prefirió la sangre azul aunque escasa belleza de Camila, se refirió al hecho histórico, ese sí probado, de que los ingleses echaron del territorio -por la fuerza o comprado, o comprado por la fuerza- de los hoy Estados Unidos a los franceses, que habían colonizado parte del territorio. De ese modo, impusieron el inglés y desterraron, si bien no del todo, de América a los franceses.
De cualquier manera, Trump se la tomó con humor y cuando escuchó al rey británico soltó la carcajada y volteó atrás como buscando con quién celebrar la gracejada del viudo -unos dicen que autoviudo- del Palacio de Buckingham.
Y así transcurre la diplomacia de un monarca que hubo de llegar a América a arreglar los desastres del primer ministro de su reino, Keir Starmer, cuya sensatez política es comparable a la conducta de un elefante en una cristalería.
