Armando Martínez de la Rosa

Peligros de la caza

Un famoso cazador estadounidense de safaris en África, Ernie Dosio, murió esta semana en Gabón, cuando intentaba la caza de un antílope raro. Cuando buscaba al ungulado, él y su guía se encontraron con una manada de elefantas con una cría. Los bichos gigantes cargaron de inmediato contra los humanos. Aplastaron a Dosio e hirieron gravemente al guía.

La noticia circuló internacionalmente y desató polémica, sobre todo por parte de ciertos grupos que se dicen defensores de animales y reprueban -como si tuvieran ellos autoridad alguna para la reprobación- la caza. Mayor saña hubo contra el cazador porque se difundió que el safari costaba 40 mil dólares. Entre los gendarmes verbales de la defensoría animal, hubo 2 conductores de programas de radio en la capital del país que casi hicieron fiesta por la muerte del cazador californiano.

No vayamos tan lejos como África. En México, el derecho a cazar un borrego cimarrón de Baja California o Sonora cuesta 69 mil dólares estadounidenses. El cobro de esas cuotas ha permitido a los gobiernos administrar bien el recurso faunístico, aumentar con el tiempo la población de esa especie, que es una de las 7 que forman el Gran Slam de Borregos de Norteamérica y beneficiar a las poblaciones rurales de las áreas de caza.

Puedo entender, aunque no comparta la visión, que algunos se opongan a la cacería así como otros se lanzan ferozmente contra la tauromaquia y las peleas de gallos sin que les importen las consecuencias que padecen los toros bravos y los gallos de combate cuando se les prohíbe. Como sea, los antis son felices prohibiendo cuanto pueden.

Los hay congruentes y razonables, que merecen respeto por el modo en que argumentan sus posiciones. Son los menos. Conozco varios de ellos.

Lo que no comprendo es la felicidad de algunos cuando a quien practica las actividades que ellos, los antis, consideran “bárbaras” le sobreviene una desgracia, desde un accidente, resultar herido o morir como fue el caso de Ernie Dosio mientras cazaba en Gabón.

Muchos otros cazadores han muerto o sufrido accidentes mientras practicaban su afición. En Colima tengo documentados varios casos. Los peligros son muchos. Un cazador prudente y experimentado sabe cómo sortearlos o reducirlos. Y aun así, puede ocurrir un percance, un desbarrancamiento, la picadura de un alacrán o la mordedura de una víbora lejos de la asistencia médica, o un error al manipular las armas, un ataque de abejas africanizadas, un infarto al corazón, y muchos otros. Y si ocurre, pues ocurrió.

Pero alegrarse de que acontezca el percance y un cazador, un pescador o un torero muera en su actividad, es como disfrutar el abandono de un anticaza a la mitad de un cerro a medianoche, justo donde un puma acaba de cazar una presa. Se necesita no tener madre.