Armando Martínez de la Rosa
El deleite del monte nocturno
Uno de los deleites de la caza nocturna al acecho es, a mi juicio, la oportunidad de observar el entorno y, sobre todo, los cielos oscuros por donde transcurren luces tan brillantes como enigmáticas.
Mirar de noche al bosque, escudriñarlo, es un poco adivinarlo. Quiero decir que la luz de las linternas se utiliza poco, de modo que los oídos se vuelven los “ojos” del cazador en las largas noches de caza a la espera. Con el tiempo, con los años, temporada tras temporada, uno aprende a distinguir la pisada de un tlacuache de la de un tejón, el tremor de los jabalíes entre los arbustos de la suave sutileza del paso del venado, el insistente y molesto trajín de un ratón silvestre del intermitente desplazamiento del armadillo. Y hay que aprenderlo a fuerza de una y otra vez estar ahí al desvelo o difícilmente tendrás un venado grande, que por lo general aparecen de noche y excepcionalmente de día en terrenos muy agrestes.
Levantar los ojos al cielo de la noche es muy distinto a “leer” el bosque. En una noche clara, limpia, oscura, los astros del firmamento aparecen por miles y uno, lego en asuntos de astronomía, identifica dos o tres planetas, las más famosas constelaciones y una estrella gigante por acá y otra que -dicen los científicos- cualquier día nos estalla en la cara, si no nos ha estallado ya a 600 años luz de distancia. Si tal el caso, nosotros no veremos la explosión.
Y en medio del esplendor abrumador de los astros, que nos recuerdan -como si fuera necesario- la ínfima dimensión de los seres humanos en la magnitud del universo observable, la pequeñez de nuestro planeta y la inevitable soledad cósmica en que nos encontraremos siempre, es un deleite mirar y pensar, observar y sentir, ojear y adivinar que esto es eso y lo otro es aquello.
Más tarde, la mente -que para eso evolucionó- nos lleva al territorio delicioso de la reflexión, al campo verde y fértil de la filosofía, la teología y su contraste complementario con la ciencia. Qué le vamos a hacer, si esa conducta ya se manifestaba desde la infancia, cuando la obsesión infantil trataba de desentrañar los misterios de la eternidad [y ahora los del espacio tiempo], de la paradoja de la Santísima Trinidad y su unicidad que una hora antes enseñaban en el catecismo.
-¿Y a eso vas al monte a pasar la noche en vela?- cuestiona el Mimismo más salvaje y cavernario que cohabita con el pretendidamente instruido. O dicho de otro modo: -¡Ah, cómo le haces al ensarapado pudiendo quedarte a pensar lo mismo en tu cama, hijo de la mala vida!-, reclama el Mimismo.
Y tendría razón, pero no la tiene. Lo distinto, lo diferente, lo delectable, no es observar la noche, pensar, escudriñar, discernir, largarse en el longuísimo camino de las preguntas sin respuesta, sino eso mismo hacerlo en la solitaria noche del monte, a la espera del ciervo, de sus avisos leves en el espacio de los alternados ruidos y silencios serranos, restringido al mínimo espacio del puesto de acecho, el espiadero -dicho en lengua colimota-, solo, tranquilo, relajado, minimizado en la inmensidad del espacio tiempo del entorno y el de los cielos, inundado por el placer de la caza, es decir, del “estar cazando”, como ha dicho para siempre el filósofo español José Ortega y Gasset.
Ahora, disculpe usted, pero ya apareció la primera señal, el leve roce de la rama, el pequeño rodar del guijarro, el paso casi imperceptible del ciervo. Disculpe usted, ahorita ya no hay espacio tiempo para divagar, es hora de cazar.
