Armando Martínez de la Rosa

Garras cercanas

Los cazadores solemos volver a los lugares donde hemos tenido buena caza. La ubicación de esos parajes se comparte sólo con el grupo de compañeros de cacería y fuera de tal círculo la información se convierte en tesoro secreto.

Experimentado cazador de profunda y arraigada afición cinegética, mi amigo José Luis buscaba ese día de muchos años atrás el venado que no había abatido la temporada anterior. En los recovecos del cerro cuyos senderos ahora recorría, había cazado un jabalí que arrastró hasta la sombra de un árbol de ancha fronda. Lo narré hace tiempo: ahí descansaba el cazador cuando de lo alto saltó una sombra que al tocar piso se mostró plena. Era un puma que tenía -él también- un jabalí a medio devorar en una rama gateada del mismo árbol. Fue un encuentro fugaz, inesperado, de asombro. El gran gato se fue.

Ahora, José Luis recorría el mismo sitio en busca de venado. Eran las 3 de la tarde cuando trepó a un árbol a espiar sentado en una hamaca que amarró a sendas ramas. A las 8 de la noche, desesperado por no haberse acercado ciervo alguno y habiendo contemplado en esas 5 horas sólo tejones, jabalíes, chachalacas y chonchos, José Luis decidió bajar del puesto y caminar para, aluzando con la linterna de frente, tal vez encontrar el astado que procuraba.

Tiempo después de caminar, encontró un sitio que le agradó para pitar al venado con el llamador. Se sentó en un tronco casi a ras de suelo. Sonó el reclamo dos o tres veces, con los intervalos que se deben. Nada. Esperó el tiempo recomendado en esos menesteres. Volvió a sonar el llamador. Tampoco hubo respuesta.

Una hora después, volvió a llamar. Ahora sí respondió un venado macho, de voz que revelaba su madurez. José Luis puso atención, se colocó en posición de tiro en dirección de donde vino la respuesta, pero sin encarar la escopeta, una de calibre 12, semiautomática, de cinco cartuchos -munición 0B- en el magacín y uno en la recámara. Se ajustó la linterna en la frente sin encenderla, por supuesto.

El venado emprendió el acercamiento, se notó en el ruido de sus pasos. El cazador volvió al reclamo y el ciervo respondió. Caminaba hacia el origen del reto, que eso simula el llamador, la voz de otro macho listo para pelear por las hembras de su territorio. José Luis escuchaba.

De pronto, el ruido fue diferente. Escuchó una suerte de grito agudo que no identificó. Y luego pasos y más pasos acercándose. No sabía el cazador qué animal los producía, pero no era venado ni jabalí ni bicho similar. El ruido seguía acercándose. José Luis tomó la escopeta, listo para el encare, pero la mantuvo abajo. Aguzó el oído, que sin embargo no lo sacó de dudas. Estaba tan alerta como desconcertado, sin entender qué clase de bestia se aproximaba.

Los venados asumen ocasionalmente comportamientos extraños, sobre todo en temporada de brama, las corridas, es decir, el tiempo de berrea o apareamiento. Cabía la esperanza de que fuese un macho alterado por las hormonas y la irrefrenable gana de montar cuantas ciervas pudiese.

José Luis esperó unos minutos. No hubo más ruidos, pero la intuición de cazador le advertía que estuviese en alerta, presto a disparar en cuanto fuese necesario. Quedó inmóvil, pensando qué hacer. Y entonces decidió jugarse todo por todo y encendió la linterna al tiempo que encaraba el arma. Lo que vio fue un enorme puma a unos 8 metros de él, agazapado, mirándolo fijo, presto a lanzarse sobre su presa, el cazador. José Luis actuó casi por instinto y con la rapidez que da la experiencia. Disparó al gran gato antes de que saltara sobre el cazador.

El impacto fue en el cuello del gran gato que ya no pudo moverse más y murió en segundos.

Mi amigo me contó esta historia y me mostró fotos del puma. Enorme, viejo, largo, fuerte, con colmillos grandes, hocico ancho, garras largas y manos de gran tamaño, poderosas, que revelaban que con un manazo habría matado al cazador si se hubiese tardado unos segundos más en encender la linterna o hubiese entrado en pánico al ver al gran gato a unos metros de él en posición de saltar y atacar.

José Luis desconoce si el puma que tuvo hace unos años tan cerca en una rama del árbol donde reposaba el cazador era el que ahora había cazado o era otro. Imposible saberlo. Los pumas caminan grandes distancias todos los días, hoy pueden estar aquí y mañana en un bosque a 30 kilómetros de distancia. Gracias a su experiencia y la habilidad para disparar, mi amigo vivió para contarla.