Armando Martínez de la Rosa
Perdemos dólares y euros
Goza México de tener una de las legislaciones de armas de fuego más severas y rígidas del mundo. Bien ganada fama. Sólo les faltó a los calificadores agregar a esos adjetivos el de “la más estúpida”, que eso son la Ley Federal de Armas de Fuego y Explosivos y su Reglamento.
No soy jurista (¡Dios me libre del aburrimiento!), pero he leído muchas leyes y montones de reglamentos. Y varias veces he tenido que recetarme la arcaica y retrógrada ley de armas.
Hace mucho, mucho tiempo, en los periódicos de Colima se anunciaba una tienda que en la avenida Madero vendía armas de fuego y cartuchos como quien vende pan o pozole. Uno pasaba por la banqueta y se detenía a ver los rifles, pistolas y escopetas que se exhibían en aparadores. No era el único sitio donde se expendían esos artefactos de caza y seguridad personal. Había otros más.
Quienes más temen a las armas de fuego son los asesinos. Esto pasó entonces con México y sus leyes razonables. Llegó a presidente de la república un criminal, asesino de mente perversa y casi prohibió la venta de armas de fuego. Ordenó modificar las leyes de esa materia y condenó a la población a vivir inerme e indefensa. Cerraron las armerías, clausuraron las fábricas de armas mexicanas, impidieron el trabajo honesto de unos artesanos indispensables, los armeros. Decretaron crueles e injustos castigos penales a quienes violaran la ley de armas… menos ellos, claro.
Ese asesino perverso era Luis Echeverría, cerebro de la masacre de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas, el 2 de octubre de 1968, cuando era secretario de Gobernación de Gustavo Días Ordaz, y luego presidente de la república de 1970 a 1976.
Desde entonces, el país ha perdido además de seguridad y libertades, miles de millones de pesos por no fabricar armas en México como antes se hacía, en tiempos en que un asesinato a balazos era un suceso tan extraordinario que se comentaba en corrillos por semanas. No era como ahora, que ese tipo de homicidios son pan de cada día.
Por no fabricarlas, México importa las armas deportivas, de seguridad, de defensa y de las fuerzas del orden. Gasta miles de millones de dólares y euros, porque se importan de Estados Unidos y Europa.
Pero aquí todo lo decide el ejército, la Defensa Nacional, en donde prevalece una mentalidad arcaica, como de hace tres siglos, autoritaria y arrogante. Cualquier soldadillo de ventanilla les hace la vida de cuadritos a los ciudadanos que acuden a tramitar registro, uso legal de armas, transportación de esos artefactos, altas y bajas de pistolas, rifles y escopetas, y ya no se diga de los trámites para comprarlas en la tienda que el propio Ejército tiene en la conurbación de la capital del país.
Y como ahora tiene el ejército más poder que antes porque otro perverso, el presidente López, se los cedió y hasta trocó a soldados en albañiles, aduaneros, agentes de viajes, hacedores de vías férreas, tapabaches de carreteras y hasta policías, de modo que ni tiempo tienen de dedicarse a sus labores que la Constitución les asigna. Se necesita modificar las leyes del ramo para que México pueda tener fábricas de armas de fuego, los ciudadanos sean libres de adquirirlas y usarlas, que los trámites sean sencillos, rápidos y mucho menos caros que ahora.
Esa labor no corresponde a los diputados ni senadores gobiernistas, que cada vez son más arrastrados, sino a un general que modernice al ejército, le recupere su dignidad de origen y posibilite que el país tenga fábricas de armas y deje de gastar miles de millones de dólares y euros en importarlas todas.
