Armando Martínez de la Rosa
Caza y futbol
Sostenía un ensayista, cuyo nombre no recuerdo, que el futbol era una alegoría de la caza primitiva. Se practicaba en grupo, 11 jugadores-cazadores, y su objetivo era aniquilar a la presa tirando un balón dentro de la portería.
En torno a ese objetivo, el gol, se organizaba el grupo, planteaba una estrategia, asignaba funciones a cada uno y la tarea se volvía colectiva. Luego, todos disfrutaban del acierto o lamentaban juntos el fracaso bajo la promesa de intentarlo tan pronto como fuese posible.
Sucede así en la cacería, aunque no siempre. Quiero decir que la caza puede ser individual, no grupal, y a veces en pequeños grupos lejos de los 11 del futbol.
Practicaba hace muchos años la caza en grupo, especialmente de venado, en arreadas, esto es, mientras unos pocos acompañados de perros o sin ellos entran a las áreas de monte tupido donde se sabe que hay ciervos refugiándose o descansando, y con gritos y ruidos diversos, como el golpeo de troncos con el fajo de un machete o rodando piedras desde lo alto, se impele al animal a escapar. En dirección contraria, en puestos por donde se calcula que pasarán los bichos, se colocan los tiradores. Cuando el venado aparece, le disparan. A veces, sale uno; otras, dos o más; en ocasiones, las más, ninguno. Y se repite la caza hasta por 3 veces y cesa cuando el sol está en lo alto y agota a los arreadores y a los perros.
Me gustaba tal modalidad de caza porque además exigía ejercicio, acondicionamiento físico para resistir grandes caminatas ascendiendo o descendiendo cerros con rapidez. Poco a poco me fui decepcionando de esa manera de cazar. A veces, algunos compañeros estaban indispuestos para la exigencia física, generalmente porque la noche previa habían bebido como si se fuera a acabar el mundo. Otros ponían poca voluntad y algunos se asignaban los puestos de tiro preferentes.
Decidí alejarme de las arreadas -de las que el futbol es una alegoría, según el ensayista referido antes- una cierta mañana en que nos reunimos 16 cazadores. A la hora de repartir la carne, me tocó una cantidad que cupo en una bolsita de plástico en que cabía como kilo y medio de fiambre, a lo mucho. Demasiado esfuerzo para tan poco. A esa decisión le antecedía una arreada en que cazamos varios animales y había yo abatido una jabalina grande y gorda. Pensé en solicitar una pierna en el reparto. Antes de pedir, ya me habían agandallado.
Opté por la caza mayor en solitario con el pequeño grupo de mis grandes amigos formado por mi compadre y padrino Cándido, Lalo y Arturo. A ellos se agregan nuestros 2 guías preferidos, también excelentes amigos, G. y J., inigualables conocedores de sus campos y montañas. El buen Arturo dejó de ir al cerro por razones de salud.
Al venado vamos juntos y nos distribuimos en los puestos, uno para cada uno, y la caza entonces se vuelve solitaria, individual, felizmente silenciosa, casi contemplativa. Es un ritual en que uno se interioriza consigo mismo, reflexiona, dialoga con su yo en la prolongada calma. Y hay tiempo para la oración y la gratitud a Dios por la vida y sus misterios. Uno observa el entorno natural, ve animales diversos a los que no les tira, se deleita con las aves y sus cantos, mira los cambios del monte según la estación del año y por las noches se extasía contemplando el firmamento, los astros y de vez en vez el paso de un meteorito o los satélites artificiales navegando en la profunda lejanía. Es la experiencia vital del “estar cazando” que definía el filósofo español José Ortega y Gasset. Y si hay suerte, llegado el momento se dispara.
El venado o el jabalí que alguno caza es repartido equitativamente, con ligera preferencia para quien abatió al bicho. Luego vuelve la convivencia, la plática, la comida compartida y el regreso a casa.
En ese modo de cazar, el futbol deja de ser alegoría de la caza, en que prevalece lo individual sobre lo colectivo. Como siempre he sido en la vida más lobo solitario que grupal, supongo que por ello prefiero, con mucho, la caza en solitario que el deporte colectivo, pero con mucho, aunque en la cinegética no haya ovaciones, elogios, aplausos y público observando y tomando partido. No necesito eso. Precisamente por la bendita soledad, amo la caza que ha sido para mí una forma de vida.
