Armando Martínez de la Rosa
Una querida y vieja amiga
La última vez que estuvimos juntos en una cacería fue hace unos 4 ó 5 años. Es una querida y vieja amiga. La invité sólo para reconocerla en donde mejor se desempeña, en el monte, donde la edad no le pesa.
Salió de la camioneta tan rutilante e impoluta que podría no haberla reconocido, de no ser por el afecto grandísimo que me une a ella. Es mi vieja y querida escopeta sin marca, calibre 20, hecha por un excelente armero colimense hace más de 50 años.
Fue la primera escopeta que compré con mi propio dinero. Tendría yo, como mucho, 20 años. Un amigo me contactó con el armero, hablamos y llegamos a un acuerdo sobre diseño, calibre, materiales, precio y tiempo de entrega, así como un adelanto de dinero para cerrar el trato, que fue de palabra, como era antes de que el mundo estuviera plagado de rajones.
El día que fui por ella, hube de recorrer muchos kilómetros por el norte del estado hasta un pueblito que, casualidades del tiempo, ahora está cerca de mi casa de retiro en construcción. En ese lejano tiempo, había una brecha y ahora hay carretera asfaltada.
Llegué a la casa del armero. Saludé. Me invitó a pasar. Me entregó el arma y yo le pagué el dinero que faltaba. Luego él y algunos amigos suyos me invitaron a beber una copita de mezcal con bonetes tiernos de botana.
Mucho tiempo después, conducía mi camioneta en una brecha a unos 10 kilómetros del pueblo del armero. Iba a revisar el ganado y calcular cuánto tiempo más habría pastura. Me detuve en un retén de la entonces Policía Judicial. Años esos en que el nombre de una institución permanecía per secula seculorum, antes de que llegaran esos que creen que un nombre según ellos rimbombante suple la eficiencia humana y la inteligencia. Ternuritas apantalla pend…ientes.
Llevaba la escopeta en la cabina del vehículo, detrás del asiento. Los policías encontraron el arma enfundada y cartuchos. Mientras revisaban, me pareció ver a alguien detrás del grupo de agentes. Era un hombre alto, armado, sereno, escuchando las justificaciones que daba yo a los agentes acerca de por qué no llevaba el permiso de transportación de armas. Iban a recoger la escopeta. Me dijeron que me la regresarían en la Procuraduría de Justicia mostrando el permiso de transportación.
Les pedí un recibo por el arma. Ya se la llevaban cuando el hombre que estaba atrás de los agentes habló. -¡Ah qué Armando!- dijo sonriente. Entonces lo miré y lo reconocí. Era un viejo y muy eficiente funcionario con un cargo medio de la Policía Judicial y era el terror de los malandrines de la zona que le tocaba vigilar.
-Devuélvanle el arma- les ordenó a los agentes, que de inmediato obedecieron.
Le conté al jefe policíaco que iba a revisar mi ganado y que en aquella zona deshabitada un arma era necesaria. Le agradecí la devolución de mi escopeta y nos despedimos.
Duré un año sin club cuando dejé uno para entrar a otro. En ese ínterin, un domingo fuimos un compañero y yo a la costa de Michoacán a las huilotas. Sin club, no pude tramitar permiso de transportación. Escondí mi escopeta 20 en el espacio donde iba la llanta de refacción, doble fondo, del carro de mi amigo. De ida, aún de madrugada, pasamos un retén en tierras purépechas. No nos revisaron; de regreso sí, ya a oscuras. En la cajuela pusimos hieleras, atarrayas y otros avíos de pesca para disimular que éramos cazadores. En el doble fondo, las armas y un buen montón de huilotas y patos. Nos cambiamos la ropa camuflada.
Un soldado iluminó la cajuela. Luego tocó con los nudillos de la mano el fondo de la cajuela como quien toca una puerta. En ese momento sentí que nos hundíamos, pero me mantuve sereno. -En la mañana que pasamos habían decomisado mariguana, ¿no, oficial?- Le llamé oficial al soldado raso, aunque en el ejército no hay “oficiales”. Funcionó. Pasamos. Así conservé mi escopeta 20.
Ese día que la saqué al monte, disparé una vez para probarla. Está perfecta, impecables la original culata de nogal, el cañón de dirección de auto, el mecanismo de apertura, el de disparo y sólo una leve falla en la extracción del cartucho percutido. Esta temporada que se inicia en unos meses más, la llevaré al venado. Jugará de titular antes que sus compañeras de fábrica. Se lo merece.
