Armando Martínez de la Rosa

** España gana el Mundial elaborando un futbol exquisito que terminó por abrir el cerrojo sudamericano. ** Argentina revivió el catenaccio 70 años después de Helenio Herrera.

La duda se mantenía aún en el segundo tiempo extra. ¿Podrá España abrir el catenaccio (cerrojo) argentino o iluminará el mundo una última genialidad de Messi o habrá serie de penales donde Argentina llevaba ventaja con Dibu Martínez en la puerta?

Vino entonces, al minuto 106, la jugada que Nico Williams estuvo intentando desde que ingresó de cambio, el desborde y el pase para que alguien rematara dentro del área. Y lo hizo Williams, aunque con la cabeza en un balón por alto enviado con precisión por Porro. La bola cayó a Ferrán sin marca, quien la envió con furia precisa a las redes de un Dibu hasta entonces imbatible, que había salvado a la albiceleste de por lo menos tres goles.

Así estaba el guion que escogió Scaloni y su edición corregida y aumentada del catenaccio. Era una elección cuyo final se escribiría con sólo un gol, en cualquier puerta, pero la bola estuvo siempre más cerca de la del Dibu Martínez que de la de Unai Simón.

Faltaban 14 minutos más los que con holgado obsequio otorgó a Argentina el árbitro Slavko Vinčić, 7. El silbante ya había sembrado sospechas cuando anuló un gol de Williams por supuesta falta previa de Merino sobre Otamendi. Y el VAR potenció la suspicacia al no revisar la jugada. Y los aficionados buscaban en las repeticiones la falta que nunca encontraron. ¿Las manos de la FIFA e Infantino meciendo la cuna otra vez? En un organismo que mueve miles de millones de dólares y euros todos los días, habrá que decir como el trovador mexicano Álvaro Carrillo: uno no sabe nunca nada.

NO LLORES POR MÍ, ARGENTINA

Pero el gol de Ferrán fue inobjetable, sin arista para dudar de su legalidad, sin pretexto para echarlo atrás, sin excusa para ir a la torva covacha del VAR. Messi, en toda su grandeza, se echó de nuevo el equipo a cuestas y lo intentó desde su genialidad dos o tres veces, y dos o tres veces hizo pasar trago gordo a España. No encontró respuesta de sus compañeros, agotados, vencidos, azorados.

Y entonces surge la pregunta: ¿por qué Scaloni desperdició a Messi y su creación, por qué desdeñó la chistera del mago, por qué lo dejó morir solo sin guardianes en su alrededor?

Argentina jugó rudo, golpeó cuanto pudo y le fue permitido, como siempre, lo sabíamos. Pero ignorábamos que una de las mejores selecciones del planeta, con el genio en su último partido, iba a tirarse atrás, con miedo, con terror, a la espera de un milagro que nunca pudo construir o nunca lo intentó. La albiceleste de Messi, que ayer no fue la de Messi, pagó caro su pánico.

La rudeza de Enzo Fernández -que hoy toca las puertas del Real Madrid- levantó por los aires al joven central Cubarsí. Segunda amarilla al 90+3. Mala cosa. Y ya había perdido por lesión del aductor derecho a Lisandro Martínez, que fue sustituido por el veterano Otamendi, y Cuti Romero igualmente dañado se fue y entró Facundo Medina. Argentina perdía su zaga titular.

Tensión, agotamiento, el desgaste provocado por el toque de bola del otro equipo, que va de aquí para allá, de acá para más allá, que hace correr al rival hasta mermarlo.

Desde antes de los tiempos extra, Argentina estaba derrotada, acaso a la espera de llegar a un terreno de salvamento, los penales. No pudo. Rodrigo, Olmo, Cubarsí, Cucurella, Unai, Yamal, Porro, Laporte, Fabián Ruiz, Oyarzábal, Baena; y los cambios Merino, Torres, Pedri formaron un conjunto de precisión cuántica, deshilaron con toque el complejo entramado argentino que finalmente fue roto.

Argentina hizo lo que Scaloni creyó que podía hacer. Uno se queda con la sensación de que esa no fue la albiceleste de Messi, la del mago de los imposibles, la del regateador que deja a cuatro estirando la pierna en un pedacito de dos metros de pasto.

Lástima por Argentina. Sabíamos entonces que con España ganaba el futbol, se reivindicaba el toque de conjunto, el movimiento coordinado, la solidaridad y la garra en la disputa del espacio y el balón y el ánimo de convergencia ante el arco rival, como finalmente ocurrió con Ferrán. Ganó el futbol para gourmets y gourmandos, todo junto.