Armando Martínez de la Rosa
Nos robaron los ríos
Comienza así una canción de Joan Manuel Serrat escrita en catalán titulada Pare (Padre): “Pare, digueu-me què li han fet al riu que ja no canta”, es decir, “Padre, dime qué le han hecho al río que ya no canta”.
Quiero contar aquí que he sido testigo de cómo en Colima nos han robado los ríos, todos los ríos y todos los arroyos.
Hay que ver el Armería convertido en pergamino al solano de los meses secos del año para darnos cuenta de que se está muriendo de sed. Caudaloso a veces, cuando merodea un ciclón la costa. Son casos contados, como el de aquella noche en que bomberos bajo el mando de Melchor Ursúa rescataron a unas personas atrapadas para su buena suerte en una isleta a mitad de la corriente. Era noche de huracán. El caudal corría a razón -datos oficiales- de un millón de litros por segundo.
Del agua del Armería empieza el saqueo desde muy arriba, en Jalisco, donde nace. Nutre a la presa Las Piedras y acá los sobrantes se desvían por El Seis y el canal adyacente hasta llegar el agua a no sé dónde ni a irrigar tierras agrícolas de sabrá Dios quién, y a contaminarse de productos químicos y a desperdiciarse por riegos rodados que erosionan la tierra.
Por esas anda el río Naranjo, que viene de Jalisco y marca límites de Colima y Michoacán. A golpes de reportajes en Diario de Colima, el de aquellos felices años, salvamos hace muchas décadas al Naranjo de morir envenenado por descargas de aguas contaminadas de la fábrica de papel de Atenquique. Tan malas aguas eran que las vacas que las bebían malparían. Griselda Álvarez, entonces gobernadora, reaccionó correctamente a la prensa, intervino y la papelera fue obligada a limpiar las aguas industriales antes de verterlas al río.
Algo similar ocurrió con las descargas contaminantes de Peña Colorada, obligada también a fuerza de reportajes a instalar presas de jales para asentar residuos sólidos antes de verter el agua al río Marabasco, en límites de Jalisco y Colima.
Con otros ríos no sé qué ha pasado. De niños, mis hermanos, nuestros amigos del barrio y yo nos bañábamos en los tanques que se formaban en el río Colima unos metros arriba de la ahora avenida De los Maestros, por la clínica del IMSS. Podíamos capturar tortugas, jugar con ellas y luego soltarlas, o pescar con fisgas chopas, doradillas y chacales. Eran aguas limpias. Hoy el río está casi seco hasta en tiempo de lluvias. Sus pocas aguas están contaminadas, sucias, huelen mal, dan lástima. Imagínese usted la paradoja de ser agua, uno de los elementos fundamentales de la bendita vida y terminar convertido en una porquería maloliente. La mayor parte del caudal se lo roban más arriba para irrigación agrícola. No una parte razonable, no, casi toda.
Por mi casa en el campo, en el norte del estado, pasa un arroyo que cuando compré el terreno, hace muchos lustros, llevaba agua todo el año. Un día le tomaron gran parte del líquido. Ahora se seca allá por febrero, marzo si hubo suerte de que lloviera bien o si vinieron las cabañuelas.
He visto agonizar y morir muchos arroyos. Este año, en marzo ya estaba seco uno que era de abundante caudal todo el año. Fotos y videos que le tomé un día feliz de mayo o junio, cuando aún no llovía, muestran el fervor de sus caudales cantando la canción de la vida.
Por aquí y por allá, en muchos recovecos del bendito territorio colimense, los caudales que allá por noviembre en días de caza habían de cruzarse con tracción 4×4, ahora se pasan como si nada yendo en cualquier sedán banquetero.
Pare, digueu-me què li han fet al riu que ja no canta. Padre, dime que le han hecho al río que ya no canta.
Triste canción, triste realidad.
