Armando Martínez de la Rosa
Entre burocracias
Ser ciudadano común en México es un oficio difícil. Se encuentra uno a merced de dos burocracias, la gubernamental y la de la iniciativa privada, a cual más de absurdas e insoportables.
Es curioso que en la propaganda ambos territorios de poder se presenten amables, eficientes y atentos a las necesidades del ciudadano, sobre todo cuando va a pagarles. No entiendo cómo pueden ponerse moños de mona de feria cuando una persona les va a pagar con dinero en efectivo, no mucho, ni siquiera una cantidad que dé a sospechar lavado de dinero.
Hube de peregrinar ayer por tres bancos para pagar pinches 603 pesos a la Secretaría de la Defensa Nacional por concepto de derechos y aprovechamientos. Ya se imaginará el lector qué clase de trámites impone el ejército a los ciudadanos para sacarles más dinero.
Con mis formatos adecuadamente llenos bajados de un sitio web gubernamental, intenté pagar en un banco de capital extranjero que quedaba en mi trayecto al centro de la ciudad. Entré a la oficina bancaria y me recibió una grata ola de aire acondicionado que mitigó el calorón de afuera. Tomé turno y esperé. Pronto llegó. Ventanilla 1. Mostré mis papeles, saqué los 603 pesos y la cajera me preguntó si era cuentahabiente de ese banco. Le dije que no. De pronto recapacité que era la segunda vez que iba a tal empresa europea en México en unos 20 años.
La señorita de la caja me dijo que sin tener cuenta con ese banco no podría recibir mi pago. Argumenté que pagaría en efectivo. Llamó a un joven que parecía su superior inmediato. Me dio la impresión de ser una persona de esas cuyo objetivo laboral es el ascenso, un perfecto burócrata. Reiteró la negativa y se fue. Salí del banco a la realidad del calorón.
En el trayecto al centro de la ciudad, encontré otro banco, mexicano éste, propiedad de un empresario que me cae bien porque no se calla ante los abusos del gobierno y responde duro y a la cabeza a la chairiza oficialista de siempre. Me puse en fila. En menos de dos minutos, ya estaba en ventanilla. Le informé a la señorita cajera mi intención de pagar. Le di el formato lleno. Lo observó unos momentos como quien intenta descifrar un papiro de los faraones egipcios o un rollo del Mar Muerto. Dio unos teclazos a su computadora y se rindió: “No me aparece”, me dijo. Entendí que ahí tampoco había futuro.
Volví a la calle. Fui a dar a un banco español cuyas oficinas están en la calle Madero. Estaba reticente a entrar. Ahí siempre hay mucha gente, tanta que parecería que el banco reparte dinero en vez de atesorarlo. Por fin me tocó turno. Se entra a las cajas detrás de un muro, como si se acudiera a una cita clandestina para conspirar.
Suerte. La señorita cajera me pidió los papeles y el dinero en cuanto le dije a qué iba. Fue un trámite rápido. Volví a la calle. Ya estaba nublado el cielo. Venteaba como si fuera a llover. No llovió.
De todo ese peregrinar absurdo me habría librado si otro absurdo no hubiese ocurrido antes: la estúpida ocurrencia de algún capitancillo o generalillo del ejército en campaña de hacer méritos burocráticos para quitarle dinero -legalmente, eso sí, porque los diputados federales (ya ajustaremos cuentas con ellos) les autorizaron el cobro-. El militarcillo ese que inventó un pago obligando a un trámite que ya habían hecho millones de veces otros ciudadanos desde hace muchísimas décadas, y sus superiores que le hicieron caso, son los culpables de enviar a ciudadanos al matadero de la burocracia gubernamental y de la iniciativa privada, que se parecen tanto entre ellas en este México lindo y querido.
