** Se vio completo en Groenlandia, España, Rusia y el Atlántico Norte. ** El eclipse, cuento de Augusto Monterroso, aquí mismo.

Ocurren porque el Sol, la Luna y la Tierra se alinean en un mismo eje en la vastedad del espacio sideral. Se alinean desde la perspectiva de la Tierra, de una porción de ella, una franja sobre la que unen por unos segundos la línea de su trayectoria.

La NASA explicó horas antes del fenómeno que para la mayoría de las personas que se encontrasen en la trayectoria del eclipse total, el Sol estaría completamente eclipsado durante menos de 2 minutos.

Mientras que para quienes estuvieran en el centro de la trayectoria del eclipse (Groenlandia, España, Rusia o el océano Atlántico Norte), la oscuridad plena duraría más, aunque menos de 2 minutos y medio.

[Foto de la Secretaría de Ciencia de la Comunidad de Madrid, España.]

El fenómeno inundó las redes sociales del mundo con textos y fotos de toda índole.

Durante milenios, el hombre ha visto este espectáculo celestial y lo ha interpretado conforme a los conocimientos acumulados hasta cada época.

A ese propósito, aquí presentamos un cuento del escritor guatemalteco Augusto Monterroso, autor por cierto de aquel célebre minicuento El dinosaurio (Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.) Este lo título El eclipse.

EL ECLIPSE

Cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.

Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo.

Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.

Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.

-Si me matáis -les dijo- puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.

Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén. Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles. (FIN)