Armando Martínez de la Rosa
Una temporada diluviana
Aquellos años terribles 1982 y 1983, cuando el mundo se secó hasta agonizar y después se inundó tanto que hasta las rocas sintieron ahogarse, la temporada de caza fue asaz difícil y lamentablemente fácil en algunos casos.
Fueron los meses de El Niño Oscilatorio del Sur, el más fuerte hasta entonces, cuando tras la escasez de lluvias en verano sobrevino el diluvio en otoño e invierno hasta el inicio de la primavera. Ahora le llaman “el súper Niño”, nombre que sirve para cabezas de noticias, pero carece de cualquier grado de rigor científico.
Las condiciones climáticas de la temporada de caza pasaron por agua, ya que se abre en octubre con la de huilota y dos semanas después viene la de pato. Tal era la persistencia de las lluvias que las palomas se posaban en los árboles de ramas secas y en los cables de la electricidad o la telefonía a la vera de las carreteras y brechas a mostrar su humedad taciturna y a esperar contra toda esperanza algunos rayos de sol que les calentaran su vida triste.
Eran entonces presas fáciles. Uno podría acercárseles bajo los alambres y fusilarlas sin piedad. Estaban a tal grado empapadas que se les dificultaba volar. Dispararles en esa circunstancia habría sido un crimen. Y si ya la vida les era complicada a esas aves -y a muchas otras-, la sequía previa al diluvio había malogrado las cosechas de granos y algunas hortalizas que les dan semillas luego de las pizcas. Mojadas y hambreadas.
Tenían una ventaja: había pocos cazadores animados a salir a tirar bajo la lluvia incesante, a caminar en los lodazales y a buscar casi infructuosamente las bandas de palomas y las bandadas de patos. Éramos pocos los necios fanáticos que salíamos al monte cerrado, reverdecido a la décima potencia, casi intransitable. Pero algunos “veranitos” eran buenos y con algo de sol se volvían justos y necesarios para las tiradas.
El venado era otra cosa. Con los montes ennegrecidos de verde, el agua sobre la tierra, sus profundidades, sus protuberancias y oquedades, invasora de recovecos y subsuelos, furiosa en arrebatadas corrientes que nunca existieron antes, sobraba agua y comida para ciervos, jabalíes, tejones y fauna menor. Los ojos de agua les eran innecesarios, bajar a los sembradíos era para ellos aventura de exigua ventura: ¿cuáles sembradíos, los que mató la sequía o los que ahogó el diluvio? Complicada labor la de ir por un astado. Lo importante es intentarlo.
Esto lo recuerdo ahora, 43 años después, porque los malos augurios meteorológicos anuncian para este año y el inicio del siguiente el peor de los episodios de esa novela amarga que es El Niño.
Qué le vamos a hacer, si la vida es así para todos.
