Armando Martínez de la Rosa
Olvidos y descuidos de cazador
1.- Tal es el cansancio en ocasiones en la cacería que lleva a cometer errores diversos, entre ellos los olvidos. Influyen también las prisas. Poco afecto a los apresuramientos, procuro ir de caza con tiempo holgado, sin necesidad de retornos urgentes a casa.
Disfrutar una partida de caza, sea de sólo una mañana o de varios días, implica disponer de tiempo suficiente para ir al paso lerdo que la cinegética demanda.
Por eso, el primer olvido que le cuento se debe a mero descuido. Fuimos una mañana a las huilotas mi hijo Armando, un compañero más y yo. Partimos temprano a un rancho donde estaba aún en pie una papayera que ya no tenía fruta ni para el moteche, de modo que era territorio solitario. De la brecha principal, de por sí alejada de la ranchería más cercana por lo menos 20 minutos en carro, partía otra que llevaba al cazadero.
Excelente mañana, pues aunque se averió mi escopeta en el mejor momento de la tirada, acudí al puesto de Armando que tuvo una jornada magnífica de arriba de 25 aves en el morral.
Llegado el momento, salimos de los puestos de tiro los 3 y nos dirigimos a mi camioneta. Cargamos arreos y armas y partimos. Llegamos a casa y pregunté por mi escopeta, que no estaba. Olvidé empacarla y subirla. Regresamos a toda velocidad en la camioneta de mi amigo, que era más veloz que mi pesada 4×4.
Para mi fortuna, el arma estaba donde la dejé, recargada en un lienzo de alambre, junto a donde estuvo la camioneta. En efecto, aquella era una brecha solitaria de verdad y yo un desmemoriado con mucha suerte.
2.- Invitados de última hora a pescar, Armando y yo nos unimos a mis amigos para un campamento de playa. Subimos los arreos del caso, alimentos, casa de campaña, sillas ligeras, cobijas, alimentos, bebidas, lámparas y los artefactos usuales. Y aunque la excursión era de pesca, llevé un arma “por lo que el tiempo encoja”.
Llegamos temprano, descansamos, comimos, platicamos y reímos con los amigos. Vino la noche y con ella la hora de armar la casa de campaña sobre la arena, bajo la enramada; enfrente, un espectáculo: el mar iluminado por la luna llena destellando, por el oleaje, millones de reflejos quebradizos, danzantes.
Y a la hora de sacar la casa de campaña de la funda, salió una silla plegable. Un compañero nos prestó algunos arreos improvisados y pudimos colocar un piso de plástico, unas cobijas a modo de colchón y luego las propias para cubrirnos. Sentí una gran pena con mi hijo, pero como estamos hechos de la misma piedra, aguantó estoico el contratiempo.
De madrugada, la intensa luz de la luna me despertó y pude ver un mar como nunca. Desde entonces, cuando debo acampar lo primero de que me aseguro llevar es la casa de campaña.
3.- El venado llegó temprano. No tenía ni 3 horas en el puesto cuando vi aparecer un macho grande de buenas astas. Sentado en el suelo a la sombra, recargado en un repecho que improvisé escarbando, apunté sin premura a unos 45 ó 50 metros. Impecable disparo, el bicho cayó sobre sus huellas.
Cuando salí a recogerlo para llevarlo cerca del puesto unos 20 minutos después, en la localización no pude ver a tiempo otro macho grande que se acercaba. Antes me miró él, dio media vuelta y regresó a trote ligero por donde venía.
Por radio, mi estimado compadre Cándido y yo nos comunicamos. Decidimos esperar por otro para él. No llegó. Horas después, nos reunimos, amarramos el gran bicho pesado y emprendimos el descenso del cerro.
No nos dimos cuenta de que en las maniobras de amarre, él había dejado un objeto (no recuerdo qué) y yo un machete enfundado en el lugar donde atamos al ciervo para arrastrarlo, interfiriendo el trayecto de los venados al ojo de agua. A la semana siguiente que volvimos al lugar, encontramos ambos olvidos, pero ya para entonces los ciervos habían percibido varios días el nada recomendable olor humano. Sólo un animal de uña merodeó el lugar y trató de acercarse para finalmente, tiempo después, alejarse. Por si faltara algo, ayudó a echar a perder la ya marchita tirada de ese día.
