Armando Martínez de la Rosa

Ríos de agua viva

Nadé no hace mucho en un río lejano, ancho, navegable, de aguas lentas, serenas, limpias y frescas. Mientras estuve ahí, recordé los ríos y arroyos de Colima, mucho más pequeños y violentos. Y por consecuencia me vino a la memoria cómo eran esas aguas nuestras hace muchas décadas.

Todavía era el Colima un río limpio, transparente, que conservaba agua suficiente para ser una corriente decente, con peces, tortugas, cangrejos, ranas, sapos, garzas, ejemplares de Martín pescador y otros muchos bichos en su caudal y sus orillas. Eran tan saludable entonces que los niños acudíamos a nadar en un estanque formado por excavaciones para obtener material de construcción. Horas felices las de esos tiempos en que esa porción del río se encontraba en la orilla norte de la ciudad, en las goteras urbanas, donde ahora corre la Avenida de los Maestros [se llamaba aquellos días Anillo de Circunvalación] y a los lados en vez de playas hay construcciones como las del IMSS, negocios contemporáneos donde antes estuvieron las célebres e inolvidables salas de cine Jorge Stahl, que debo decirlo, nunca dañaron al río. Del otro lado, más negocios. Encima, un puente; abajo, un río triste, derrotado, escupido por las ambiciones de la urbanización desbocada y las aguas robadas en el norte.

Había otro estanque popular que se encontraba en el río Salado, un poco al norte del puente, lejos de la ciudad, que por el sur se terminaba en El Costeño. De ahí al río había que caminar 2 horas por la carretera a Jiquilpan. En camión nunca fui; en carro, menos. Siempre a pie y cumpliendo el ritual de beber agua del brote en una pared del cerro, cerca del puente, a la vera del asfalto. Este estanque le llamábamos el Tanque del Capire, porque en una pared del lugar crecía un capire al que subíamos para lanzarnos al agua. Ignoro si aún existe el estanque, porque el río parece agonizar y lo salvan cada año unos meses de aguas del temporal.

Al Armería había que ir en excursión, allá por El Seis. Supongo que ese sitio debe su nombre al campamento 6 de la compañía maderera alemana Colima Lumber, que obtuvo una concesión para explotar los bosques de encino de Cerro Grande allá por 1910. La revolución impidió su desarrollo pronto. La empresa tenía 6 campos y un ferrocarril para traer la madera del sitio que ahora es Lagunitas a Colima.

Hoy, El Seis es referencia de la extracción de agua del Armería a un gran canal de riego. De ahí hasta el mar, el río es un esqueleto de piedras y arena.

Otros arroyos fueron tragados por la ciudad. Los casos más ilustrativos de cómo hemos maltratado a los ríos son el de Manrique y el de Pereira. Convertidos en basureros a donde cualquier descendiente de meretriz arroja desperdicios impunemente. De vez en vez, cuando vienen los grandes ciclones, esas pequeñas corrientes crecen, revientan barreras y se cobran un poco el daño que les hemos causado.

Sólo espero que un día obliguemos a los gobiernos a rescatar ríos, arroyos y lagunas en vez de destruirlos. Que podamos hacer convivir en paz la ciudad con sus aguas, para que vuelvan a ser, como dijo Jesús, “ríos de agua viva”.