Armando Martínez de la Rosa
La maldición del dios de la burocracia
Días hay en que el dios maldito de nuestros días, la burocracia, se ensaña con los mortales simples y llanos. Les contaré dos hechos absurdos que me han ocurrido ayer.
El primero tiene que ver, indirectamente, con la caza; el segundo, con Criterios Digital.
1.- Los iluminados cerebros de la peor burocracia del país, la del ejército, ordenó nada más por sus cojones que todos los propietarios de armas de fuego debíamos volver a registrarlas a pesar de que desde hace décadas tuviera la Sedena tales registros. Con la novedad de que el ciudadano debe pagar más de 200 pesos por el registro nuevo de cada arma, llevar personalmente el trámite en la alejada sede de la zona militar y esperar el documento nuevo, que tiene los mismos datos que el anterior. Es como si a uno lo obligara el Registro Civil a tramitar de nuevo el acta de nacimiento.
Llevé 3 registros a renovar el 10 de agosto. Me dijeron que en 3 días estarían listos y que me llamarían por teléfono para avisarme que fuera a recogerlos y a poner firma y huella digital -ésta no la he renovado-. Como pasaron no 3 sino 39 días, decidí acudir ayer a la zona militar. Hay que pagar transporte nada barato y gastar mucho tiempo.
Una cabo, muy comedida ella, buscó mis documentos y de los 3 encontró sólo 2. Me dijo que si recogía el par o esperaba más días (o semanas o meses, pensé yo) para que me entregara completo el paquete. Tomé los dos porque con ellos debo hacer otro trámite ante la misma Sedena: el permiso de transportación de armas para la temporada de caza que se iniciará en unas semanas más. En consecuencia, la tercera arma no entrará en el permiso y no la podré usar esta vez.
Salí de la oficina caminando como un kilómetro bajo el amable solazo a esperar transporte a la orilla de la autopista. No llegó nunca el camión que supuestamente cubre la ruta. Para mi escasa fortuna de ayer, pasó un taxi que venía de regreso de Tecomán y me cobró poco por traerme a la ciudad.
Les conté que en agosto quedaron de llamarme por teléfono para avisarme que pasara a recoger los nuevos registros. Nunca me llamaron, pero ayer sí cuando apenas regresé a mi casa. Era la amable secretaria del Club Cingético Colimán, A. C. al que pertenezco. De la zona militar le pidieron localizarme para que fuera hoy a firmar las copias de los documentos, porque faltaba una rúbrica a pesar de que signé todos los recuadros que me indicaron. Un error de ellos lo debo solventar yo y pagar de nuevo transporte a las instalaciones militares. ¿Qué les parece?
2.- Apenas regresé de un viaje, leí un correo en que GoDaddy me recordaba que debo pagar la renovación del dominio de criterios.mx, este que están ustedes leyendo.
Igual que el año anterior, entré a la página de esa empresa mundial que presume de muy eficiente. Mi consulta era de cómo pagar en Oxxo.
Entre la “inteligencia” artificial, muy artificial pero poco inteligente, y los asesores humanos, me hicieron perder 4 horas sin que pudieran decirme cómo pagar en Oxxo. De un chat a otro, de códigos una y otra vez, de pretextos y “orientaciones” que si así las siguiera en el monte en la caza me extraviaría para siempre como aquel legendario Turok en el Valle Perdido de los cómics de mi lejana infancia.
Y ya corriendo la cuarta hora, mientras escribo Sabbath, no hay una solución, sólo pretextos y frases de cajón de apariencia tan amable como inútil para el propósito de pagar. Llegué a decirles que su conducta burocrática era como la de oficinas de gobierno y me acordé de la Sedena. Pero ahora me convenzo de que la de GoDaddy es peor.
El resultado es que quizá no pueda pagar y que en los días por venir suspendan el dominio y no podamos editar Criterios Digital unos días. Ya veremos qué solución le damos.
3.- El dios terrible de la burocracia contemporánea es uno de los peores males de nuestra sociedad. El poder del despotismo de escritorio, de computadora, de gobiernos y empresas transnacionales es una maldición lanzada desde la perversidad de esa deidad sobre los ciudadanos de abajo, a quienes no nos queda más desahogo que mentarle la madre a esa “divinidad” y sus “sacerdotes” terrenales.
