Armando Martínez de la Rosa
Nada personal
1.- Cuando en 1966 el cineasta sueco, Ingmar Bergman, lanzó al mundo una de sus películas más importantes, Persona, que modificó para siempre el lenguaje cinematográfico, ni él sabía ni imaginaba que la historia que entonces narraba tendría vigencia primordial y urgente 60 años después.
Persona es la historia de una actriz de teatro que pierde la voz en el escenario y es enviada por los médicos a una isla para reposar al cuidado de una enfermera joven. Ambas mujeres entablan una relación de empatía a partir de un principio, el trato respetuoso y afectivo de persona a persona.
Estamos perdiendo ese valor aceleradamente, desde la creciente ausencia del saludo casual a los vecinos y a los desconocidos y la impersonal intrusión de la inteligencia artificial en la vida de todos hasta el despótico irrespeto de muchos políticos a los ciudadanos, de los ensoberbecidos gobernantes a los gobernados.
2.- Nunca imaginé cuán difícil resulta comprar agua de garrafón en Colima, donde los calores casi infernales la vuelven insustituible. Quise llamar por teléfono a Ciel -filial de la Cocacola- y encontré que los garrafones vacíos tienen un número 800 que se lee sólo con lupa, acaso con microscopio. Acudí a Google y me remitió a un berenjenal de códigos, correos, preguntas de esa refresquera, todo mediante inteligencia artificial, nada personal -cantaba Manzanero-. Luego, te invitan a ser parte de una comunidad y te interrogan como si fueses cautivo de terroristas. Sólo el ejército me ha preguntado más acerca de mi vida que la Coacola. Bueno, y mi mujer, pero ahí rigen otras leyes inapelables. Terminé sin saber a ciencia cierta si van a enviar los garrafones o no.
Llamé también a Blue Rock -la empresa que ya no es de Locho, porque halló en la política un modo más cómodo de vivir- y temprano me contestó una máquina. Colgué. Más tarde, a otro telefonema, me respondió por fin una persona. Unas horas después, llegó el agua. Fue más eficiente una persona, qué duda cabe.
3.- Quizás los franceses tienen razón. El vocablo persona viene del griego, lengua en que significa máscara. Los galos usan personne para referirse a una persona y para decir nadie. En esas estamos, parece el síndrome de nuestros tiempos, en que la persona es nadie, uno del montón, uno insignificante entre los 8 mil millones de seres humanos que poblamos el planeta.
¿Qué más les da, entonces, a los creadores y negociantes de la inteligencia artificial, tratarnos con la segunda acepción de personne en francés, nadie?
4.- La cuestión esencial de la inteligencia artificial la plantea con clara brillantez el sacerdote católico y filósofo Antonio Quaranta en su libro Intelligenza artificiale. Algoritmi o battiti. (Inteligencia artificial. Algoritmos o latidos, de editorial Cantagalli, Siena 2026.)
La expone así en la página 26: “De un sistema que sabe responder a un imprevisto recurriendo a su propio conocimiento a una inteligencia artificial capaz de prescindir del hombre, como Manus, que a diferencia de los chats que no son IA autónoma como ChatGPT, Gemnini de Google o Grok, los cuales necesitan la intervención humana para funcionar, puede tomar decisiones de manera proactiva y completar tareas de forma independiente”. (Traducción libre mía del italiano y de la frase en inglés citada en el mismo párrafo del original del libro.)
De eso se trata, de que la IA -como lo propone Quaranta- en todos sus órdenes sirva a las necesidades humanas y no el ser humano se subordine a ella. Tal el dilema: algoritmos o latidos, en el sentido de que el algoritmo puede resolver grandes y graves problemas, acelerar procesos, en tanto los pulsos (battiti) del corazón representan lo humano.
En un mundo de decisiones impersonales automáticas de las máquinas, preservar el “latido” humano -nuestra intuición, nuestros valores y nuestra fe- no es sólo postura filosófica, sino el único camino para garantizar que la tecnología siga estando al servicio de la vida, y no al revés, como luminosamente lo indica el sacerdote y filósofo italiano. Y que las personas vuelvan a ser tratadas como personas.
