Armando Martínez de la Rosa

¡Ay, destino, cómo eres!

1.- Cada uno labra su destino conforme al libre albedrío. La vida es así, lo mismo en el anonimato de los sencillos que en el resplandor de los poderosos.

¿Qué pensaba la Taddei cuando los brillos del oro fácil la encandilaban? ¿De veras creía que la impunidad es para siempre, le creyó al desenfrenado macuspano cuando la lanzaba a los leones de la política con sólo su bendición envenenada? Habría bastado con conocer un poco, un poquito, un poquitito de historia: París no estuvo a los pies de nadie, ni siquiera de Napoleón, o tal vez un rato a las botas de los nazis, cuando la izquierda francesa fue incapaz de enfrentarlos y tuvo que ser la 4ª División de Infantería de Estados Unidos quien liberara a la Ciudad Luz. Y si nunca lo estuvo ante gigantes de la historia, ¿por qué lo habría de estar ante el “chamaquito” -bastante crecidito, por lo demás- hijo de la Taddei?

-¡Ay, destino, cómo eres!- diría la señora en fuga tras amenazar a sus nuevos verdugos de ocasión [de Sheinbaum en adelante] con revelar los secretos electorales de 2024, cuando el narco se erigió en decisor de candidaturas, hacedor de campañas y supresor de oposiciones.  

¡Arizona a tus pies, reina!, para que en el bendito exilio estés cerquita de tu tierra y más cerquita de tus millones. Te recomiendo ver de nuevo aquella enorme película de la segunda guerra, De aquí a la eternidad. Para estar acorde con la cuarta transformación, transfórmale el título: De aquí a la impunidad.

2.- Si ya una vez estuve en la bancarrota y para salvarme amenacé a cuanto banquero acreedor se me puso enfrente con arrastrarlo conmigo al abismo si él me derrumbaba, ¿por qué no he de salir de este atolladero de las elecciones fatales del martes?

¡Ay, dolor, ya me volviste a dar! Mira cómo vienen las desgracias, las que uno mismo labra, porque no son luciérnagas para aparecer brillando de la nada en un rincón oscuro de la desgracia.

Voy a cancelar la guerra contra Irán, aunque mis amigos pierdan contratos para fabricar amas, y el f…d Musk que se aguante por los millones y millones que se le van de las manos. Si pierdo yo, pierden todos.

Trump sabía que el martes iba a perder, que a los republicanos los iban a apalear, que los iban a traer como manojo de jediondilla, pero no sería culpa del presidente, no, eso jamás de los jamases.

Y aunque Trump no hable español, corre la escena del imaginario filme. En el fondo de su destino se escucha melancólica la voz de Javier Solís cantando: “En cofre de vulgar hipocresía/ ante la gente oculto mi derrota/ payaso con careta de alegría/ pero tengo por dentro el alma rota/ en la pista fatal de mi destino”.

3.- Si es ilusión, que se les borre. Estaba mal planteada la apuesta de la cúpula morenanga. Si los republicanos perdiesen, se liberarían del yugo washingtoniano. Sólo les van a cambiar de collar y no lo han entendido. No los liberarán de sus responsabilidades y menos ante un Trump furioso que sabe ya que además ha perdido la presidencial de 2028… a no ser que los demócratas vuelvan a ser los demócratas de siempre, como Barack Obama, un presidente negro con alma, educación e ideología de blanco.

4.- La lección es simple y válida. Tú labras tu destino, tarde o temprano responderás por tus actos. Si te portas como Trump, como el macuspano o su bendecida Taddei, pasarás de una frase célebre a otra igual, irás de “¡Ay, Alfredo, cómo eres!” a “¡Ay, destino, cómo eres!”.

O lo dirás con dos versos de Amado Nervo, el poeta al que la exseñora del macuspano, la que reclamó la nacionalidad española después de idear la campaña contra la “conquista”, le llamó “Mamado” Nervo. Van los tales versos: “Porque veo al final de mi rudo camino/ que yo fui el arquitecto de mi propio destino”. Y tendrás que aguantar vara. Ajo y agua, decía Hugo Sánchez, esto es, a joderse y a aguantarse. Ustedes se lo buscaron.