Armando Martínez de la Rosa

Caza y ópera

1.- Tal vez use un audífono y grabaciones en el celular esta temporada de caza de huilota, que lleva ya casi un mes de avance. Sí, es una extravagancia, pero también es un lujo de viejo cazador que puedo darme. “Lujo”, debo escribir, porque no lo es estrictamente, aunque sí una excentricidad.

¿Y para qué, cazador? Pues para deleite musical mientras espero las aves más perseguidas del valle de Colima. A diferencia del acecho al venado, cuando el oído es sentido relevante para escuchar las levedades de la aproximación del bicho, en el tiro a la huilota creo que unos audífonos no estorban.

2.- Miro el bosque mediano y la pradera abierta de este valle cuya belleza llena los corazones de quienes lo observan. Lo miro en el recuerdo, porque lo conozco y lo he trajinado años y años. ¿Qué aria de ópera sería adecuada a la espera de la huilota aquí? Puede ser Casta Diva, de la ópera Norma, de Bellini. Con la letra del libreto, diga usted si no:

“Casta Diosa, que plateas/ estos sagrados y antiguos árboles,/ vuelve hacia nosotros tu hermoso semblante/ ¡sin nubes y sin velo!/ Templa tú los ánimos ardientes,/ templa el celo audaz,/ derrama sobre la tierra aquella paz/ que reina en el cielo”.

Norma, miembro de una tribu druida a punto de rebelarse contra el dominio romano y que sostiene un romance clandestino con un procónsul del imperio, le pide a la Casta Diva, la Casta Diosa, que es la luna, evitar la guerra. La luna que es Selene o Diana, la diosa de la caza y la naturaleza salvaje.

3.- En el tiro a la huilota, sea al vuelo o cuando se posan, la vista es el sentido más relevante. Se mira al cielo, al horizonte, a la línea superior del dosel del bosque para distinguir el vuelo de la banda o de las solitarias aves que se aproximan, para prepararse a disparar o para reubicarse en caso de que el pasadero de las parvadas esté distante de donde el cazador se encuentra.

Por eso, supongo que es posible experimentar la escucha de música, sobre todo ópera, mientras se espera el paso de las huilotas o que se posen a rango de tiro, según el gusto de cada uno. A mí me da lo mismo, pues me rijo como el que tiene mano en el póker: como veo, doy.

4.- Si de aves se trata, será conveniente llevar la grabación de la más famosa aria francesa de la ópera Carmen, de Bizet, L’amour est un oiseau rebelle (El amor es un pájaro rebelde.)

“El amor es un pájaro rebelde/ que nadie puede domar,/ y es bien en vano que se le llame/ si a él le conviene rehusarse”.

Ya entrada en carnes la temporada, las huilotas han aprendido a distinguir el peligro humano, los movimientos de esos seres erguidos que lanzan fuego y matan. Se han vuelto pájaros rebeldes, como el del amor en la célebre ópera. Sólo habrá que resistir el impulso del ritmo de la obra para no verse en la ridiculez de bailar entre cuastecomates y pasto navajilla. La ventaja es que no sé ni me gusta bailar, que en esos menesteres -y sólo en esos- mi sentido del ritmo es nulo, cero, inexistente.

5.- Una buena mañana de caza llevará a pelar las huilotas en el monte, a la sombra de árboles generosos. Entre el descanso, la plática y los bocadillos para amansar el hambre, se hará el mediodía y será necesario escuchar una pieza ya sin audífonos, sólo la bocina del teléfono.

El Ave María, de Schubert -si bien no es ópera ni mucho menos canción popular, sino música sacra- elevó la oración mariana, asaz monótona, hasta sublimarla y trocarla capaz de mover hasta los más insensibles corazones.

Bueno, es una forma de agradecer la bendición que es una buena jornada de caza, que no siempre las hay.

Ya contaré cómo resultó el experimento de la ópera y la caza.