Armando Martínez de la Rosa

Sheinbaum acertó

Al tomar la que parece la decisión más importante de su gobierno, la presidenta Claudia Sheinbaum acertó. Más allá de si lo hizo bajo presión de Estados Unidos o por la necesidad de poner alto al Peje y su pandilla aprovechando la coyuntura ineludible, la mandataria ha marcado el domingo un límite.

Con la ayuda -mejor- de Estados Unidos, como ella lo reconoció, el Estado mexicano abatió el domingo al capo del narcotráfico más poderoso, peligroso y buscado por los gobiernos de ambos lados de la frontera norte. El capo ya no hablará, aunque sí lo harán sus subalternos conforme sean capturados.

Sheinbaum ha puesto un claro hasta aquí a la estúpida política de “abrazos, no balazos” de su antecesor. Si los abundantes ejemplos de ese rompimiento que personificó Omar García Harfuch fuesen insuficientes, la acción del domingo puso una clara línea separadora entre Claudia y Andrés Manuel.

Someterse a los intereses del expresidente y jugar el deplorable papel de títere de un payaso demagogo la colocaría en territorio de vergüenza y, peor, la confrontaría con Estados Unidos en un momento en que la presión de Trump va en ascenso.

Eligió bien la presidenta. Y eso es positivo. Asumió la primera obligación de quien encabeza el Estado: garantizar la vida y los bienes de los gobernados. Esa es la ruta de los balazos, de la fuerza, de la inteligencia del Estado y la ayuda legítima de Estados Unidos, para enfrentar a la multitud de bandidos que hay en los cárteles, la política y el poder económico. Ahora, tendrá que profundizar el combate al narco, a la extorsión, al secuestro, al tráfico y desaparición forzada de personas. Eso implica fuerza, la violencia legítima del Estado y que apunte no sólo a los bandidos evidentes, sino también a los que se ocultan y protegen en el poder político.