Armando Martínez de la Rosa
** Otro fracaso de Ancelotti.
Venía Brasil dando tumbos y traspiés desde hace varios años. Se advirtió con claridad cuando en 2014, con el Mundial en casa, perdió la semifinal ante Alemania por goleada de 7 a 1.
Cuatro años después, en 2018, en Rusia, Bélgica lo eliminó en cuartos de final. Y en 2022, en penales, Croacia lo echó de la competición en la misma instancia que 4 años atrás.
Y ayer, Noruega lo regresó a casa con un 2 a 1 para los nórdicos, en octavos de final. Con Neymar y Raphinha en la banca, Brasil dejó ir la oportunidad de abrir el marcador. Un penal favorable a los cariocas lo falló Bruno Guimaraes, cuando estaban en la cancha Vinicius y Martinelli para tirar.
Es el fracaso de una generación de futbolistas brillantes, de un director técnico de clase mundial, Ancelotti, y sobre todo de la indolencia balompédica, la soberbia y la escasa identificación de los seleccionados con su país, que de eso se tratan los Mundiales.
La larga crisis futbolística brasileña es tal que aun con sus mejores hombres de refuerzo en la final olímpica contra México en 2012, los cariocas cayeron y los mexicanos se llevaron el oro.
Brasil no es más el de antes y está a millones de años luz de la selección de Pelé, Tostao, Rivelino y compañía. Ni siquiera es sombra de las selecciones cariocas que ganaron los Mundiales de 1994 y 2002.
Ese es el misterio de un pentacampeón del mundo que va como la zarzamora, llora que llora por los rincones. Y es también la crisis de un concepto de futbol de técnica y estética contra otro de fuerza física, choque y velocidad. Como fuere, Brasil ya va a casa.
