Nos robaron el futbol

Hace tiempo, el futbol era nuestro, era de todos como lo es un Dios compartido. Hasta el profesional formaba parte de la vida diaria, los ídolos eran casi tan pobres como nosotros porque les pagaban poco, si se comparan los contratos de entonces con los de hoy.

Un día lejano, a alguien se le ocurrió un modo de hacer dinero convirtiendo al portero Nacho Calderón en actor de fotonovelas. Vendrían otros después para aparecer en telenovelas y cine, aunque de actuación no tuvieran ni idea y su dicción correspondiera a la de un carretonero disléxico, como el caso de Cuauhtémoc Blanco.

Los futbolistas desplazaron a Kalimán, a Tarzán, a Tawa, a Chanoc y otros personajes reverenciados por las tribus populares. El Chavo del 8 pasó del estoico barril de la vecindad a un imaginario ídolo del futbol profesional sin saber siquiera golpear una pelota.

Los futbolistas profesionales estaban todavía cerca de nosotros; algunos de ellos eran nuestros amigos y habíamos compartido cancha en la infancia. Un día en el estadio Jalisco, Rodrigo mi hijo, pequeño entonces, se emocionó porque tuvo al lateral brasileño Roberto Carlos a 3 metros de distancia. Veintitantos años atrás, en ese mismo estadio yo había visto a Pelé convertir el juego en una suerte de encantamiento propio de los legendarios magos del Oriente, en el Mundial de 1970, gracias a que mi inolvidable tío don Francisco de la Rosa me llevó. Tiempo era aquel en que una persona trabajadora como él podía pagar boletos para ver un partido de una Copa del Mundo.

Ya no. La mafia de la FIFA, los cárteles de los intermediarios, motejados promotores con sus agencias mundiales de representación de jugadores, los grandes clubes que han convertido los estadios de santuarios populares en cuevas de mercaderes como los que Jesús expulso del templo a latigazos.

La televisión es cómplice, alcahueta. Hay excepciones. TV Azteca mantiene muchos partidos disponibles gratis y un canal también sin paga en streaming. Un exfutbolista, Miguel Layún, ha emprendido una labor encomiable de llevar por internet y sin paga el balompié a millones de espectadores cada semana.

Con todo, es poco lo que nos han dejado. Son escasos quienes pueden pagar 200 mil pesos por un boleto para ver un partido del Mundial que comienza pasado mañana, jueves. Imagine si lleva a la familia.

Los Vitos Corleone de la FIFA expropian los estadios, toman por asalto hasta palcos y plateas propiedad de otros y los gobiernos como el mexicano lo permiten. Se apropian de una parte de las ciudades sede. Invasores, ponen reglas que benefician sus negocios.

Demagogos y populistas, inventaron que la Copa del Mundo la jueguen 48 selecciones nacionales. Tal vez al siguiente Mundial inviten al equipo de los Carmelitas Descalzos y al de la Unión Nacional de Líderes Charros. Más equipos, más dinero, más negocio. Y las turbiedades que un día se conocerán así como se han sabido las de los Havelange, Platini y otras mugres.

En un mundo donde el despojo es conducta sin castigo, los supermillonarios nos han quitado el futbol en los estadios y para verlo en televisión hay que pagar este y aquel canal.

Veré algunos partidos, los que pueda, sin pagar. Ya he visto mucho futbol en mi vida. Y los mafiosos de la FIFA, los promotores y todos los ladrones del balompié mundial y nacional, por mí que se vayan mucho al rancho de López.

P.D. Por tanto, expropiado el futbol, es verdad que los toreros son los últimos héroes de nuestros días.