Armando Martínez de la Rosa
** Messi no lloraba ayer por la derrota, sino por la tristeza de quien se despide de lo que ha amado en la vida.
Lionel Messi derramó furtivas lágrimas después de la final que ganó España. No fue la derrota el motivo, sino la tristeza de quien se despide de lo que ha amado en la vida, del mundo que habitó hasta ahora, de este gran foro al que no volverá en calidad de jugador, el Mundial, porque ahora tiene 39 años y en el siguiente sumará 43. Quizás a un portero le alcance, pero no a quien ha sido motor de los equipos donde ha desplegado las virtudes que difícilmente se verán de nuevo pronto.
Fue este el Mundial de las despedidas. Otro genio se fue antes, Cristiano Ronaldo dos Santos Aveira, una semana atrás. Y también lloró. Soñaba y trabajaba por ser campeón del mundo. No pudo. Qué le vamos a hacer. Le faltó equipo alrededor.
Es tan grande que los nuevos campeones del mundo, que acababan de ganar la copa minutos antes, le hicieron el pasillo para reconocerlo, para homenajearlo, para despedirlo en su viaje al Olimpo del balompié universal.
A los 13 años, Messi estaba en la Masía, el complejo deportivo del Barcelona, preparándose para ir al primer equipo. Le suministraron medicamentos para crecer y ganar fuerza. Llegó de Argentina con sus padres y hermanos. Finalmente, sólo su padre se quedó en Cataluña a su lado. A los 17 alternaba con Iniesta, Xavi, Rafa Márquez y otros grandes de la mejor época del equipo catalán.
A los 20, conoció a un bebé negro, hijo de inmigrantes como él, lo abrazó en la Masía y les tomaron fotos. Años después lo vería jugar. Ayer lo tuvo de adversario y al final de la Final se fundieron en un abrazo. Messi, el genio que se va; Yamal, el aprendiz de brujo que va surgiendo.

Ahí, el argentino ganó 10 ligas de España, 4 Champions League, es el máximo goleador del Barcelona y la liga española, campeón del mundo en 2022.
En 2021, los problemas financieros del Barcelona obligaron a la venta del argentino al París Saint Germain, con el que ganó dos títulos de la Ligue 1. Y desde 2023 corre en las filas del Ínter de Miami, de la MLS estadounidense.
Verlo jugar es un deleite, un privilegio. Messi ha convertido el futbol en un almacén de sorpresas, en un cosmos de luces restallantes, en movimientos de balón que sólo a él se le ocurren, que le nacen en los pies y se gestan en el cerebro a la velocidad de un meteorito.
Patea la bola como muy pocos. En sus mejores días, la ponía donde la imaginaba, la hacía volar y deambular antes de clavarse en los ángulos del asombro. La ponía al compañero donde la necesitaba, lo mismo a los pies que adelante con ventaja o al lado para armar paredes.
Se va pronto, tal vez nostálgico y feliz, triste y satisfecho de haberle regalado al planeta una forma de hacer futbol que se convertirá en un Tratado de la Perfección Redonda.
