Armando Martínez de la Rosa

** Tan sólo en la Ciudad de México, 800 mil personas festejaron la tercera victoria de la selección nacional en el Mundial.

Por encima de sus problemas, muchos y graves, el país se puso de fiesta anoche por la victoria de la selección nacional de futbol por 3 a 0 sobre República Checa.

Es la primera vez que México gana los 3 partidos de la fase de grupos y suma 9 puntos de 9 posibles. Marca 5 goles y mantiene la puerta en ceros. 25 de los 26 jugadores han participado -todos, salvo el tercer portero, Carlos Acevedo- así sea por lapsos breves.

Checa la puso complicada en el primer tiempo, que se terminó con un 0 a 0 que alentaba el nerviosismo, por mucho que aunque perdiese México se quedaría en el primer lugar del grupo. Pero nadie quería perder.

En el segundo tiempo, los goles vinieron. Mateo El Tiloncito Chávez abre el marcador, mientras en la tribuna su padre, Paulo César El Tilón Chávez, festeja y llora. La historia lo reivindica de aquella injusticia que lo dejó fuera del Mundial de Francia, en 1998, cuando Manuel Lapuente lo recortó de la lista final. Luego llega el de Quiñones, para taparles la boca a quienes desprecian a los extranjeros sólo porque son extranjeros, los xenófobos. Nacionalizado mexicano, colombiano de origen, Quiñones ha marcado ya dos goles para el Tri en este Mundial.

El tercero también es un canto a los xenófobos, los odiadores de extranjeros, a los de mente cortita tirando a la idiotez. Memo Ochoa despeja una bola larga por la banda derecha. Recibe Quiñones, filtra al Chaquito Giménez, mexicano, nacido en Buenos Aires, criado en México, hijo del Chaco Giménez, argentino que jugó también para México, donde vive desde hace muchas décadas. Chaquito pretende cruzar al arquero checo, que rebota el balón, que sigue disputándose en el área hasta que le es puesto a Fidalgo, que lo mete. Fidalgo es español nacionalizado mexicano.

Una más para los xenófobos, nacionalistas de banqueta: el entrenador, el Vasco Aguirre, es hijo de inmigrantes españoles. Y otra: Obed Vargas es mexicano nacido en Alaska, hijo de padres mexicanos inmigrantes a Estados Unidos.

Desde un palco, por cierto, observaba el partido el mejor futbolista mexicano de todos los tiempos y uno de los mejores del mundo, Hugo Sánchez. A su lado, su esposa, Isabel Martín, española.

Esta selección nos enseña más que futbol en la cancha. Nos recuerda que el mestizaje es el origen de la patria, la esencia del país, su naturaleza profunda. Un mestizaje racial, sí, pero principalmente cultural y espiritual. ¿O saben de alguien en el Tri que no hable español?

Con esa diversidad, el Tri funciona como un cuerpo único, en un deporte que reconoce las nacionalidades en un Mundial, aunque en las ligas propicia una conducta por encima de las fronteras: si eres bueno, puedes jugar en cualquier país del planeta, lo mismo si eres blanco, negro, moreno o amarillo, si tu religión es cristiana, musulmana, budista o no tienes una; si eres alto o bajito.

Por eso mismo, la victoria de anoche -por encima de orígenes de los jugadores- movilizó a millones de mexicanos (800 mil sólo en la capital) a la fiesta aún bajo la lluvia, entre los charcos. El desafío al clima. No siempre el Tri da motivo a una fiesta nacional, a tanto regocijo y alegría popular.