Armando Martínez de la Rosa
Aventuras del Commander y su pandilla
Quise decirle que no era para tanto su alboroto y que le bajara un poco al entusiasmo del reencuentro. Casi un año sin vernos es poco tiempo y, finalmente, ya estamos frente a frente.
Pero no se lo dije. De cualquier manera, el Commander no lo iba a entender porque es un perro y sus obligaciones se limitan a cuidar el rancho junto con el Palomo y otro can más, y a perseguir, acosar y paralizar venados y jabalíes.
El Commander me reconoció en cuanto me acerqué. Era una doradilla corriendo alrededor de mí y saltando desde su pequeña estatura a tocarme las piernas con las patas delanteras y mirándome a los ojos. Su dueño es mi amigo, un gran cazador de venados y jabalíes, un choncho de vez en cuando y, tierras abajo, iguanas para caldillo. Dicen que las iguanas tienen efectos beneficiosos a la libido de los varones. Ni por esa razón las comería, no me son necesarias. Bendito sea Dios, mi cuerpo tiene aún vigor suficiente y nunca le ha faltado. Como fuere, dicen quienes acostumbran su caldillo que es positivo, por si alguien desea recurrir a la pócima.
Con todo y su pequeñez -podría pasar por un Terrier de esos que se meten a las madrigueras de los conejos-, el Commander se dedica a la caza mayor, a la de pelo, a los asuntos serios de la cinegética.
Es valiente e inteligente a la vez. De ningún modo es temerario, y lo demostró en cierta ocasión que enfrentó una piara de jabalíes y el perrito salió mal librado, sus enemigos le dieron una inolvidable revolcada y una paliza de la que de milagro salió vivo. Ahora, cuando con su jauría -con el Palomo al mando- acosa a un jabalí, el Commander sube a un bejuco ancho si lo tiene cerca o a una piedra más o menos alta y desde ahí ladra, ladra y ladra con todo el coraje que le da su naturaleza canina. Parece conocer aquella máxima de la cinegética: Astucia, no audacia, es la ley del cazador.
Al rancho que cuida la jauría del Commander fueron llevados una semana atrás dos cachorritos de gato, uno negro y otro gris rayado. De apariencia dócil, llevan en el alma -digo, si los gatos tienen alma- el instinto de caza. El gris lo demostró apenas unos minutos después de que llegamos. Salió de la terraza, se perdió unos momentos en la maleza, al pie del cerro, y regresó con un largartijo rayado en el hocico. Es tan pequeño todavía el felino que el bicho aún estaba vivo en su hocico y así duró al menos diez minutos más, hasta que los pequeños dientes y las aún débiles mandíbulas lo vencieron. El lagartijo era, de cabeza a cola, casi tan largo como el gatillo.
Y mientras terminaba su labor de matanza, se le acercó el gatito negro y el gris lanzó entonces un bufido felino que se convirtió en una valla. La caza sólo a él le pertenecía, quiso dejar claro. Lo mismo entendieron los perros cuando se acercaron al de pronto feroz felinito.
El Commander es gandalla, qué duda cabe. Mientras el gatito gris se ocupaba de su presa, el perro se tragó las croquetas del minino.
Así es la vida en el monte y de nadie se apiada. Por asuntos como este, que son frecuentes, me río de quienes ven en “la naturaleza” una entidad apacible, bucólica, sedosa. Se ve que no han padecido ni sus caminos ni los zarzahuates, esos casi invisibles vampiros del sotobosque, torturadores implacables, molestos y sanguinarios, de los que les platicaré un día de estos.
