Armando Martínez de la Rosa

Cuando eres desorientado

1.- Habíamos pasado la noche a bordo de la embarcación a 30 millas de la costa. Íbamos el fotógrafo Ramón Herrera y yo en funciones de periodistas por un reportaje de la pesca de tiburón. El patrón de la nave había tendido el palangre de varios kilómetros con anzuelos y carnada.

Una vez cumplida esa tarea, todos nos fuimos a dormir como bien pudimos, balanceados por la marea. A mitad de la madrugada, despertamos porque el pescador lanzaba maldiciones a grito abierto. Espabilados, nos dimos cuenta de que vociferaba contra una enorme mancha de calamares que habían devorado la carnada de más de 400 anzuelos. Al sacar las líneas, había sólo dos escualos de un metro y medio de largo capturados. Mala cosa para el pescador y los periodistas por el reportaje malogrado.

Volvimos a dormir y al amanecer, casi para retornar, ya con resignación y mejor humor, el patrón del barco nos preguntó a modo de reto. -A ver, muchachos, ¿dónde queda la costa?-. Miramos alrededor y sólo había mar, todo era mar. Observé el inmenso océano, lo pensé un poco y respondí sólo por cortesía: -Allá está la costa-. Ramón no respondió. El pescador rió. -Es para el otro lado- dijo. Emprendimos la navegación y muchas horas después pudimos vislumbrar la costa brumosa. Si hubiésemos ido a donde yo señalaba, a lo mejor llegaríamos a Hawai o a Japón, pero nunca a Colima.

Corroboré -porque ya lo sabía- que el sentido de orientación es una de mis tantas carencias.

2.- Había abatido una buena cantidad de palomas de alas blancas entre unos tupidos matorrales en un potrero, a unos 300 metros de la carretera. Fui a cobrarlas porque no llevaba mis perros. Caminé unos 30 metros, eché las aves al morral e intenté regresar a mi puesto de tiro. No pude. En esa corta distancia, metido en el breñal, perdí la orientación.

No me quedó más que ir al puesto de mi estimado compadre Cándido. Seguí el sonido de sus disparos y di con él. Le conté del extravío. -Vete por aquí. Sigue el lienzo de piedra y vas a volver a donde estabas- me indicó.

Le hice caso y llegué de nuevo al sitio. Continué disparando y cuando cobré de nuevo los pájaros, tomé señales de referencia. No volvería a perderme en tan corto espacio.

3.- Varios años después, entré a otro matorral tupido, pero muchísimo más extenso. Fui haciendo la caza mientras caminaba. Llegué lejos. Había abatido una aceptable cantidad de huilotas. Como ya antes ahí mismo se había extraviado mi amigo René Cabezud (qepd), tuve la precaución de tomar por referencia para el regreso al llano limpio un cerro muy alto que ni los árboles más altos me esconderían. Bastaría con caminar en esa dirección para volver a la camioneta a reunirme con los compañeros.

Al iniciar el retorno, busqué el cerro y no lo encontré. De nuevo, estaba perdido. Tardé más de una hora en encontrar el rumbo. Desorientado, fui infiriendo poco a poco por pequeñas señales el camino de regreso hasta que salí a un claro. Escuché un disparo y me dirigí allá. Ahí estaba otro amigo, El Moyo, en un paraje que reconocí. Estaba a más de un kilómetro de mi punto de partida.

Cuando llegué a la camioneta, entendí por qué no vi el cerro alto con que me orientaría: estaba cubierto de nubes.

4.- Rodrigo, mi hijo, en ese tiempo un niño, me acompañó a una cacería de venado junto con varios amigos. Me extravié de nuevo cuando nos rezagamos del resto de los compañeros y en ese grupo iba otro de mis hijos, Armando.

Al volver, quise encontrar el camino y no pude. Rodrigo me dijo: -Es por acá, papá-. La primera vez no le hice caso. Caminamos. Me repitió: -Es por allá-. Y ahora atendí su orientación. Tenía razón. De regreso a la casa del rancho, nos encontramos con un hijo de nuestro anfitrión que ya venía a buscarnos. Cuando llegamos, nuestros platos de birria de venado del desayuno ya estaban fríos. Tuvieron que recalentarlos.

5.- Puede faltarme sentido de la orientación, pero no entendederas para hallar una solución, que es esta: Ahora, cada que entro a un potrero, un bosque, un matorral desconocido para mí, cada cierto tramo andado volteo atrás, fijo un punto de referencia -un árbol alto diferente a los demás, una roca, una anomalía del sendero u otra que me sirva- para en el retorno guiarme por tales marcas. Porque los montes son bien distintos a la percepción cuando se va en un sentido que cuando se regresa en el contrario.

También es útil romper algunas ramas bien visibles, colocar rocas de buen tamaño para referenciar al regreso o ciertas señales que no se moverán, como una termitera donde anidan los pericos, por ejemplo.

Es tan malo mi sentido de la orientación que una vez me perdí en la ciudad de Colima. Esa es otra historia que contaré después.