Armando Martínez de la Rosa

El crucifijo

Pienso largamente si debo de nuevo subir el cerro como lo hice la semana pasada. Es un camino muy largo, con tramos empinados y algunos arenosos, todo el trayecto cubierto de piedras y guijarros sueltos en que conservar el equilibrio es difícil. La duda se debe a la fascitis plantar que me molesta desde hace unos meses.

Esta vez, el recorrido es más corto, o menos largo que los muchos kilómetros que anduvimos mi compadre Cándido, Ricardo y yo la semana pasada. En la ida y el retorno localizamos mojos en privanza y algunos rastros de venado que el hollar del ganado no había borrado.

Se necesita más que una fascitis plantar para contener las ansias de un cazador de venados. Voy entonces de nuevo. Me ha correspondido el puesto del crucifijo. Por lo ahí sucedido hace muchos años, la mayoría de los venaderos lo evitan. Temen a la aparición de un fantasma. Eso dicen en las rancherías de los alrededores. Como les temo más a los vivos que a los muertos y no creo ni tantito en apariciones de espectros, espantos, almas en pena y otros personajes similares, me decido a la caminata cargando mochila y arma, pesadas ambas.

En uno de los grandes árboles del paraje está colgado un crucifijo que piadosamente colocó Ricardo muchos años hace. Ahí sucedió algo terrible.

Había en el pueblo dos compadres que se asociaron en aparcería para sembrar maíz. Buena cosecha, pronta venta y pago de contado que se iban a repartir a partes iguales.

-Compadre, ya me pagaron el dinero del maíz. Le propongo ir al venado y allá repartimos la plata- dijo uno de ellos, un ejidatario como tantos, que había comprado la tierra con los ahorros del tiempo más bien breve que trabajó en Estados Unidos.

-Seguro, compadre, me parece buena idea, y de regreso hacemos una birria, si cazamos venado, para celebrar- respondió el otro, también campesino acostumbrado a los tratos de palabra, a la buena fe y al cumplimiento de los compromisos.

Caminaron recorriendo el mismo camino que ahora nosotros andamos. Llegarían más arriba, a los ojos de agua, donde nosotros también estuvimos la semana previa en una incursión más de revisión del terreno que de caza, aunque también la intentamos.

Y ahí, donde ahora está el hierático crucifijo, se detuvieron aquellos hombres a descansar un momento. Bajaron cada cual su costalillo, recargaron las escopetas sobre unas piedras para evitar que resbalaran, una bien simple y elemental medida de seguridad de los cazadores responsables. Bebieron un poco de agua. Se mantuvieron en silencio. El viento casi hacía hablar al follaje y llorar a las ramas que se tallaban entre sí al moverlas el aire de la tarde.

El compadre que recibiría la parte del dinero que le correspondía escuchó un ruido a sus espaldas. Volteó con la esperanza de que fuese un venado. Escudriñó el monte, atento, concentrado. Había tomado la escopeta, le botó el seguro y estuvo listo a disparar si localizaba al bicho.

El otro compadre, el que llevaba el dinero, metió la mano a su costalillo. Sacó una pistola de calibre .380, también le botó el seguro, apuntó firme a la cabeza de su acompañante, disparó y antes de que el eco del estruendo cesara, el hombre que jamás se enteró de lo sucedido yacía muerto en el suelo de tierra, hojarasca, arena y piedras.

Se irguió el asesino, pistola en mano todavía, se acercó a su víctima, verificó que estuviese muerto y consideró innecesario un tiro de gracia. Enseguida se terció la escopeta, se colgó el costalillo y echó a andar de regreso. De él nadie en el pueblo supo más, huyó y desapareció para siempre. A la víctima la encontraron al día siguiente, cuando los buscaron a ambos porque no volvieron.

Frente al crucifijo, ahora pienso en el poco dinero que habría dejado la aparecería y que aun así despertó la ambición del asesino.

Ahí, me persigno y rezo una oración por el alma de la víctima, a quien no conocí.

En ese rezo estaba cuando mi compadre Cándido, que se dirigía a un puesto más arriba, se encontró en el camino una serpiente coralillo, que para suerte del bichito se escapó de los afanes liquidadores de mi buen amigo.

Llegó la tarde y luego la noche en el silencio de mi puesto. Y volví a pensar: es verdad que hay que cuidarse de los vivos, no de los muertos, que en paz descansen.