Armando Martínez de la Rosa

Bravura felina

Como esa larga jornada no habíamos cazado venado, el regreso fue temprano después de desayunar en el rancho algo tan sencillo como delicioso: frijoles fritos un poco caldudos en su consistencia perfecta, salsa martajada de molcajete, queso hecho de leche de vacas ordeñadas en los corrales de la finca y tortillas de mano del tamaño de un plato grande. De agregado, unos chiles piquines que desbancaron a los habaneros que cultivo para mi consumo.

-Platícale a mi compadre el caso del lince que te atacó- le propuso mi compadre Cándido a Ricardo.

Me pareció buena idea, sobre todo para espabilarme, pues la desvelada de la noche previa y el desayuno me adormecían y temía dormirme en el asiento posterior de la cabina de la camioneta. Me parecía injusto con mis otros compañeros.

A Ricardo le han sucedido las cosas más extrañas del mundo de la cacería, desde que un venado le escupa en la cara, lo ataque un enjambre de abejas africanizadas y salga casi indemne o recoja un envase de refresco para orinar de noche en el puesto y se dé cuenta de que estaba roto hasta que lo usó por primera vez.

Animal bravo entre los bravos, de fuertes patas y garras que podrían soportar planetas, el lince es uno de los 7 felinos que habitan el país, de los cuales es el cuarto más grande y no por mucho.

Cazaba Ricardo al acecho una cierta noche de su muy lejana juventud. Llevaba una escopeta de un tiro, es decir, que tras disparar una vez, a la siguiente hay que abrir el arma para recargar.

Ricardo vio un lince al lanzarle el haz de luz de la linterna. Luego, le disparó. El felino sintió el impacto y se abalanzó hacia el tirador con gran velocidad y furia, iba directamente al haz de luz. El cazador estaba recargando el arma y supo de inmediato que no alcanzaría a disparar antes de que tuviera al gato destrozándole la cara. Por la falta de recarga rápida del arma, decidió rápido: Tomó la escopeta por el cañón, a manera de bar, y recibió al furioso bicho con un golpe de escopeta usada a manera de bat.

-Por allá fue a dar, el gato- dijo Ricardo al finalizar.

En la camioneta, les conté a mis amigos cómo había logrado una buena toma fotográfica de un lince que era liberado en el volcán de Fuego hace muchos años. Y de una onza cachorra, años después.

-Que ahora es un gran lince- dije.

Y en esos menesteres de la guáguara nos encontrábamos cuando, con desparpajo y elegancia, cruzó la brecha una onza o jaguarundi. Ni se preocupó por nosotros ni por nadie. Fue el cierre del capítulo de los felinos salvajes ese día.