Armando Martínez de la Rosa
Noches de estrellas y trucos de cazador
Nunca entendí a los presuntos lectores de izquierda (presupongo que leían, aunque no esté seguro de que lo hacían) que denostaban a Jorge Luis Borges por ser un “autor de la derecha” y se bajaban los calzones con Neruda pese a que el chileno fue no sólo un publicista del asesino dictador soviético José Stalin, sino un delator de disidentes de izquierda críticos del régimen de Moscú.
Debo explicar por qué viene al caso Neruda en una columna usualmente dedicada a la caza, aunque no exclusivamente. Sucede que el autor de Sabbath pasa largas noches en vela en la caza de venado y jabalí. Y como ahí las esperas son largas y serían tediosas sin aplicarles algunos trucos, diré que me gusta entretenerme observando estrellas, planetas, satélites al paso -y más ahora que transcurren las caravanas de los artefactos voladores de Elon Musk- y meteoritos o estrellas fugaces. Entonces me vienen a la memoria, siempre, unos versos de Neruda que leí y aprendí siendo yo adolescente como el chileno cuando escribió los tales renglones del Poema 20, del libro 20 poemas de amor y una canción desesperada. Son estos:
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Escribir, por ejemplo: “La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos”.
El viento de la noche gira en el cielo y canta.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.
En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.
Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.
Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.
Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo.
Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos
Mi alma no se contenta con haberla perdido.
Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.
La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.
Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.
De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.
Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.
Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.
Supongo que ese poema puede estremecer aunque sea un instante a los corazones más duros y a los viejos recordarles amores lejanos en el tiempo y el espacio.
Como las noches de espera de los bichos tampoco son una sesión de literatura ni mucho menos, aplico otros artilugios para no dormirme porque el de beber café ya dejó de surtir efecto en mí de tantos hectolitros que de esa sustancia he bebido en la vida. Entre esos está rezar un rosario en memoria de mis difuntos y de mis familiares con problemas de salud. Como no llevo al monte un rosario de cuentas, tomo algunos guijarros que lo suplen bien.
Sin embargo, el rezo debe ser en corto tiempo porque si se prolonga puede derivar en un efecto contrario, es decir, somnífero. En casa, se rezaba el santo rosario todas las noches y rechazarlo no era opción, así que me sé santo y seña de este conjunto de oraciones católicas. Si este rito me contrariaba, sobre todo porque uno permanecía hincado los 5 misterios, aquello se volvía terror y tortura cuando se anunciaba que esa vez era de 15 misterios, ¡15!
Pese a esos y otros trucos de vigilia, en ocasiones dormito unos segundos, sólo unos segundos, sobre todo en esas horas altas de la madrugada en que el silencio cubre el bosque, el aire, el suelo, horas silentes a veces rotas por el ciervo que se acerca y despierta hasta al más dormido… bueno, no a todos.
