Armando Martínez de la Rosa

Las muchas voces de los montes

Un día me quedó claro que debía aprender los sonidos de los montes, su complicado y sutil lenguaje. Y otro día, más cercano este, muchos años después de aquel primero, he entendido que las muchas voces de los montes es el idioma más difícil de los varios que conozco.

Sin esa lengua polimorfa, sin entender sus palabras, sin descifrar sus ruidos ni identificar sus fuentes, un cazador está perdido en el bosque lo mismo que en el valle o la barranca. Está entonces atenido a los golpes de suerte, a que en un peregrinar errático aparezca una presa merecedora de un disparo. O expuesto a que un fortuito encuentro con, digamos, un venado grande se malogre y el bicho se vaya tan campante como llegó.

Se escuchaban como disparos de rifle de calibre .22 y le dije a Armando, mi hijo, que estaba conmigo en cacería al acecho en un ojo de agua, que se cubriera junto a una roca y se tendiera en el suelo para protegerse de una bala perdida. No entendía yo la razón de tantos balazos. Es cierto que he visto y oído a destacados pendejos disparar a blancos en plena cacería en lo alto de un cerro y echar a perder el esfuerzo colectivo de una arreada. Pero esta vez parecía una guerra. Sólo me extrañó que los cartuchos tronaban pero las balas no silbaban al pasar. Poco después descubrí el secreto. No eran disparos, sino el sonido del fruto del habillo al reventar por la fuerza del calor solar para lanzar sus semillas lo más lejos posible.

Tuve que pagar la novatez más de una ocasión. Una que permanece en la memoria es el paso de un animal que desde el fondo de una barranquilla venía al filo a ponerse precisamente enfrente de mí, a unos 20 metros. Escuché el cauteloso ruido de los pasos del bicho, un venado. Por fin apareció el lomo, de un color gris verdoso, el de los ciervos de Colima. Listo a disparar, esperé a que asomara la cabeza. Y cuando lo hizo, vi a la chachalaca más grande que jamás atestiguaron mis ojos.

No fui el único confundido por la desproporción del ave aquella. Mi buen amigo Lalo, el Plátano, me contaría poco después que le sucedió lo mismo en ese ojo de agua.

Cierta noche aprendí que los pasos de un tlacuache se parecen mucho a los del venado. Por azares de la caza, un compañero hubo de quedarse a unos 30 metros de mí a vigilar el paso de los ciervos por una cañada que yo no alcanzaba a ver. Conocedor del idioma del bosque, cansado acaso de que encendiera yo tan frecuentemente la linterna, me gritó: “No los aluces, son tlacuaches”. Ahora, en ocasiones, dejo a esos simpáticos bichitos llegar hasta mi puesto a olisquearme las botas y a comer algo de mi bastimento.

El sonido de la bella urraca, un escándalo, anuncia muchas veces la aproximación de un venado. Cuando me lo dijeron, lo dudé. Con el tiempo lo he comprobado. También hube de aprender a distinguir el “grito” agudo de las crías de venado lo mismo que el ronco bramar de los venados machos adultos.

Me he maravillado escuchando el “canto” de las víboras de cascabel en las noches tranquilas de los cerros y a distinguirlo del croar de ranas, que no habitan los filos de montaña. El cazador viejo termina por distinguir no sólo el sonido de las pisadas de venado, sino a diferenciar con ese dato auditivo el tamaño del ciervo. Lleva mucho tiempo aprenderlo, es cierto, pero así es el aprendizaje del difícil idioma de los montes que uno debe conocer si se precia de cazador.