Armando Martínez de la Rosa

Fantasmales venados

Es temprano cuando dejo listo mi puesto de tiro. Limpio de hojarasca, algunas hierbas y guijarros, el suelo es adecuado para pisarlo sin ocasionar ruidos que espanten al venado.

Ahora estoy curado de espantos, pero me ocurrió alguna vez hace muchos años, que un venado al que estuve viendo cómo se acercaba a mí mientras ascendía la ladera y ramoneaba en el sendero se detuvo cuando casi lo tenía a tiro. Para acomodarme mejor para disparar moví ligerísimamente un pie, apenas lo giré unos centímetros y la suela de la bota rozó el piso. El bicho captó aquel para un humano imperceptible sonido. Se detuvo, oteó, movió las orejas como antenas de radar y hube de dispararle antes de que regresara por su camino.

Me ha tocado escucharlos a ellos, no sólo cuando se aproximan al puesto, sino a lo lejos oír sus silbidos, resoplidos y otros sonidos que parecen códigos de comunicación cerval.

Así escuché hace poco el llamado de una venada en celo a su potencial pareja. El sonido me provocaba una imagen de alzamiento del cuello de la hembra a manera de reto y a la vez un ruego, una súplica al macho en días en que el llamado de la naturaleza es inexcusable.

Me quedó una cierta duda acerca de si estuviera yo equivocado o confundido en la interpretación del sonido y no se tratase de una hembra en celo sino de otro habitante de los bosques. No lo sabría si no se acercaba el animal y pasaba de mí a distancia prudente. O de una manera indirecta por un efecto en otro ciervo.

Y así fue, poco después, un macho bramó a media ladera del cerro, a mi izquierda. Como no lo iba a ver, pude levantarme de la hamaca y otear al cerro tupido de claves de desciframiento imposible. Le “contesté” al venado como bien pude imitar el gutural responso de un ciervo defendiendo su territorio. Lo hice sólo por ver si caía en el engaño y se acercaba. Nada ocurrió y creo que macho y hembra se encontraron para procurarse felicidad.

Temprano había bufado levemente un macho joven. Como uso un líquido que encubre mal que bien el olor humano, el ungulado trataba de descifrar si había peligro o no adelante de él en su camino. Finalmente se fue. De seguir así, va a durar mucho en los montes.

Luego, una tipurrilla pitó a unos 100 metros de mí. Por tipurrilla, según palabra de un ranchero experimentado en asuntos venatorios, ha de entenderse un cervatillo de pocos meses de nacido y que ha perdido temporalmente a la madre, que en su celo lo abandona para acudir al llamado de la naturaleza a reproducirse. Después, regresará por él, una vez que haya sido preñada. Son cosas de los montes, son los fantasmales venados que de pronto se aparecen al cazador después de mucho negársele.

Desde lo alto de mi puesto, alcanzo a ver una falda del cerro, un plano cercano, el camino y las elevaciones de dos montañas donde se encuentran mis grandes amigos Cándido y Platanowsky, compañeros de cacería desde que éramos jóvenes. Me fascinan los puestos desde donde puedo otear distancias largas. Me generan un deleite que justifican por sí solos el esfuerzo y la disciplina que reclama la caza mayor.

Por la tarde, ya para oscurecer, bajo del puesto y camino a reunirme con mis compañeros en el sitio que acordamos. Ahí platicamos la jornada. Esta vez, tampoco ellos tuvieron suerte acechando en unos ojos de agua. Según mi interpretación, la berrea andaba lejos de nosotros.

Es cuestión de que pronto coincidamos en tiempo y espacio con los ciervos en corrida. Espero que sí.