Armando Martínez de la Rosa

Un arma prohibida

Metí el arma en una pequeña mochila de escalada y me dirigí al frente de la Catedral, donde se encontraba hasta el jueves 19 un puesto de gobierno que compraba armas de fuego y cartuchos e intercambiaba juguetes así llamados bélicos por unos que, supongo, andan en la imaginación infantil en son de paz.

Pesaba varios kilos la pistola subametralladora que poseía desde hacía muchos años y que jamás utilicé. Me la regalaron. Era hermosa. Una Luger alemana de calibre 9 milímetros, de ráfaga, con cargador de capacidad de 30 cartuchos. La guardé fuera de miradas curiosas -salvo mis amigos y Armando, mi hijo, que en ese tiempo gustaba de las armas de fuego-, y del óxido. La tuve ahí en un rincón en permanente reposo.

Es ilegal poseer un arma como esa. Lo dice la ley, una ley concebida por mentes tortuosas o por militares que un día se levantaron de mal humor después de haber peleado con la mujer y decidieron descargar su tantito poder en los ciudadanos de paz. Así han ido prohibiendo armas, calibres, modelos y ahora hasta con los rifles de gas y aire a presión la han emprendido. Detestable mentalidad tienen los militares encumbrados.

Me quedaban algunas alternativas. Una, continuar en posesión ilegal de la pistola subametralladora con la fantasiosa idea de transformarla de ráfaga en una de -lo diré así para que se entienda- un tiro por vez. Otra, gestionar ante la Defensa Nacional permiso de coleccionista para conservarla sin poder usarla ni venderla y dando autorización a los militares de revisar mi colección, en mi casa, cuando les viniera en gana. Una más era venderla en el mercado negro, lo que implicaba contactarse con quienes ustedes ya saben, los malandros, y pasar del delito de posesión de un arma ilegal al de traficar.

Hubo un argumento contundente que me llevó a la decisión de vender la Luger. Mis finanzas personales reclamaban un vaso de agua fresca. Así que me puse la mochila a la espalda y me apersoné ante la gente -muy amable, por cierto- de Gobernación y militares a cargo del módulo. Cuando puse el arma sobre la mesa, hubo asombro. A uno no le preguntan ni nombre ni domicilio ni cómo se hizo del arma ni muchos otros cuestionamientos que en nuestro burocrático México se hacen hasta para comprar un vaso de tuba en la calle.

El capitán a cargo sólo me preguntó si era militar o lo había sido. Le respondí que aunque alguna vez al salir de secundaria intenté ingresar al Colegio Militar, mi estatura fue un impedimento. [Otro día contaré mi sorpresa al conocer a un general más bajito que yo].

Los de Gobernación hicieron fiesta, le tomaron fotos a la Luger para presumirla en un chat de -según entendí- personal de módulos. Supuse que no todos los días recibían un arma así. Pregunté. Sólo una en estos días, de calibre .45.

Firmé un documento del ejército con nombre y signatura ficticios, como me recomendó el militar de la mesa. El funcionario de Gobernación llenó sus papeles sin preguntas relacionadas con la identidad sino unas acerca del programa de recoger armas de fuego. El capitán del ejército probó el funcionamiento del arma, sin cartucho, por supuesto. Todo bien. Entonces, me pagaron con el plus de una cantidad extra por el cargador del arma. Calculé que en el mercado negro habría recibido quizá el triple de dinero por la subametralladora, pero yo no quería tratos de esa naturaleza. Me dijeron que podría ver que la Luger sería destruida en esos momentos en el mismo módulo. No quise observar la destrucción. Me dolía hasta el alma.

Me retiré con el dinero en la cartera y sentimientos encontrados. Por un parte, contento porque la plata me daba un respirito financiero y, por otra, la frustración de haber vendido una chulada de arma de la que todavía siento en las manos el placer de haberla cargado, como se siente el recuerdo vivo de las manos suaves de aquella lejanísima novia de la adolescencia.