Armando Martínez de la Rosa
Árboles caídos
Del árbol caído todos hacen leña, suele decirse de quien se encuentra en condiciones adversas en la vida luego de haberlas tenido favorables. Es entonces criticado por quienes antes lo alabaron.
En la realidad de los montes, el destino de los árboles caídos suele ser variado y el de convertirse en leña es el menos frecuente, sobre todo cuando sucumbe lejos de los ranchos, en los parajes deshabitados y agrestes.
Andando en cerros, barrancas, llanos y valles extensos, he visto a muchos grandes árboles cumplir la parte final de su existencia ayudando a otras posibilidades de vida y hasta reverdecer un poco por los costados ahora mirando al cielo.
Por una barranca que mis amigos y yo recorremos en ocasiones para subir a los altos de las mojoteras y los amiales donde abrevan venados, jabalíes, tejones, chachalcas, palomas barranqueñas y otros muchos bichos montaraces, un cierto día encontramos un enorme árbol atravesado en la vereda. La vida y el viento lo habían derribado. Las ramas más altas lo sostenían todavía para que no tocara por completo el suelo. Era un majestuoso habillo, de tronco lleno de espinas cortas y fuertes, cuyos frutos son como una pequeña calabaza de diseño geométricamente perfecto, una rueda con fuerte costillar resaltado, de tal belleza que los ceramistas prehispánicos colimotes lo convirtieron en pieza de arte que uno puede ver en los museos.
El enorme tronco resistió lluvias, torrentes furiosamente veloces bajando de la montaña, vientos, rayos de sol, el persistente trabajo de insectos que carcomen la madera, los microrganismos que la deshacen hasta que después de unos 5 años desapareció, se deshizo, se esfumó dejando materia esparcida para que otros la aprovecharan para vivir.
Las enormes raíces ancla de los mojos les permiten aferrarse a los terrenos menos estables y pasar un siglo o más en los bosques. Cuando ascendía a unos ojos de agua a achechar venado, me detenía en una vuelta del camino al último descanso de la ruta y a contemplar ese árbol que parecía más escultura que vegetal, de formas tan retorcidas que a Vincent Van Gogh le habría gustado pintarlo. Parecía guardar en su madera todas las tormentas que lo habían bañado a lo largo de su vida.
Un día de tantos ya no lo encontré. Ni de pie ni caído. Fue borrado del bosque. Tuve que escoger otra referencia bien visible e inconfundible para indicarme la vuelta del camino, pues me pierdo fácilmente. ¿Qué venció a este mojo de más de 40 metros de altura?
A veces, uno encuentra caídos troncos delgados, de árboles aún jóvenes que sucumbieron por cualquier razón. Otros que tirados han renacido brotando ramas de sus costados al sol y echando raíces por el lado que mira a la tierra. Algunos están casi desechos, vueltos polvo. Tengo cuidado al saltarlos. Las víboras suelen esconderse bajo ellos.
Esa es la vida, el ciclo que se renueva en la casa común que es el planeta, el único que habitaremos, porque nunca podremos colonizar otros, la estructura del universo nos lo impide.
En tanto, les dejo este poema de Antonio Machado dedicado a un olmo partido por un rayo, otra forma más o menos común de morir los árboles.
Al olmo viejo, hendido por el rayo…
Antonio Machado
Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo
algunas hojas verdes le han salido.
¡El olmo centenario en la colina
que lame el Duero! Un musgo amarillento
le mancha la corteza blanquecina
al tronco carcomido y polvoriento.
No será, cual los álamos cantores
que guardan el camino y la ribera,
habitado de pardos ruiseñores.
Ejército de hormigas en hilera
va trepando por él, y en sus entrañas
urden sus telas grises las arañas.
Antes que te derribe, olmo del Duero,
con su hacha el leñador, y el carpintero
te convierta en melena de campana,
lanza de carro o yugo de carreta;
antes que rojo en el hogar, mañana,
ardas en alguna mísera caseta,
al borde de un camino;
antes que te descuaje un torbellino
y tronche el soplo de las sierras blancas;
antes que el río hasta la mar te empuje
por valles y barrancas,
olmo, quiero anotar en mi cartera
la gracia de tu rama verdecida.
Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera.
