Armando Martínez de la Rosa
Moliendo café
Dejé la brecha para tomar un sendero apenas reconocible entre los trozos de madera y tocones que poco a poco se descomponían desde que años atrás los taladores habían tumbado tantos árboles que llegué a dudar de la recuperación del suelo y el bosque.
Entré, caminé hasta salir a una ladera y un sendero diferente montaña arriba, entre mojos, robles, encinos y otros árboles de alta fronda. Di vuelta al pie de una roca enorme, bajé una barranquilla no excesivamente profunda, ascendí del otro lado y finalmente me encaminé al ojo de agua en que acecharía al venado.
Había pasado el mediodía en los caminos y ahora a la mitad de la tarde pude instalarme, colgar mi hamaca, limpiar el sitio y descansar mientras comía. Al terminar de comer, bebí café y fumé un cigarro. Luego revisé mi equipo, verifiqué el funcionamiento de las linternas, del radio para comunicarme con mis amigos que estaban en otros puestos lejanos, machete, cuchillo, abrigos y otros arreos necesarios, así como los envases del agua.
Aunque no había caminado más allá del lugar donde me encontraba, sabía que enfrente había un cafetal abandonado donde alguna vez se cultivó especialmente el café que bebía Guillermo I de Hohenzollern, emperador germano que dejó de reinar el 18 de enero de 1871, precisamente un 18 de enero como el día en que me encontraba de caza.
El monte había casi destruido el cafetal -contaban quienes lo conocían- pero muchos cafetos sobrevivían y cada año, por su generosa cuenta, daban granos que nadie cosechaba por temor a entrar en territorio prohibido y por las historias que del lugar se contaban.
Pasó la tarde y vino la noche. Me encontraba preparado para la caza, en silencio, sin moverme salvo lo indispensable, como es lo común en los acechos. Antes de la medianoche ningún bicho se acercó a beber al ojo de agua. Y a eso de las 2 de la madrugada me pareció ver un destello en el fondo de la colina de enfrente, donde estaba el cafetal. No era una luz de linterna, sino la luminosidad ondulante de una pequeña fogata de leña. No entendí qué pasaba. Temí un incendio, pero la lumbre se mantuvo en tamaño e intensidad, sin avanzar.
No hubo sino la luz durante una hora, sin más ruidos. Nadie debiera estar ahí sin recorrer el camino que yo había andado de día. Y no había rastro de alguien antes que yo. Como fuere, la fogatita no me molestaba ni interfería con la caza, de modo que dejó de incomodarme. Puse atención a la inmediatez, a la espera del venado.
Pasaron unas 2 horas y mi tranquilidad se perturbó. Me pareció escuchar música leve y un canto en las cercanías de la fogata de enfrente. Puse atención. Sí era música, sí era canto y, para mayor asombro, reconocí la melodía: Moliendo café. Una canción que conocía perfectamente por varias razones, entre otras porque la canté y la bailé con la Barra del Pebetero en el Estadio Olímpico de Ciudad Universitaria, en partidos de Pumas. Se popularizó en la década de 1960, obra del venezolano José Manzo Perroni, que Lucho Gatica interpretó en México.
En vez de quedarme prudentemente en mi puesto, decidí investigar. Tomé 2 linternas, un cuchillo y la escopeta con la carga completa y otro tanto de repuesto. Caminé a oscuras, lentamente, guiándome por la luz de la fogata, la música y el canto. Tardé una media hora en llegar. Quedé paralizado por lo que vi. Un hombre maduro y una joven cantaban y danzaban mientras tostaban y molían café. La materialidad de sus cuerpos se confundía con los claroscuros, flotaban. De vez en vez, se detenían, se abrazaban y besaban. Luego empacaban el café en sacos de unos 10 kilos. Eran sólo ellos, a la protección -que parecían no necesitar- de un jacal.
Observé sin moverme, tanto por miedo como porque mi cuerpo desobedecía las órdenes de mi cerebro de moverse. De súbito, la mujer fijó sus ojos en mí. Era destellantes, verdes casi azules que luego cambiaban a amarillos radiantes. Tenía facciones finas, su piel se notaba tersa pero antigua, los pechos rebeldes, grandes, y las caderas como prestas al movimiento. El hombre seguía en sus labores.
Entonces, la mujer me saludó a lo lejos. Levantó la mano y vi en su palma una herida como las de la crucifixión de Cristo, sin sangrar, como si hubiesen estado ahí hacía más de cien años y dispuestas a recorrer la ruta a la eternidad. Sonrió viéndome, sin mover sus ojos. Yo sentí entonces un sueño repentino, brusco, pesado, inevitable.
Desperté ya entrada la mañana, en el mismo sitio desde donde observé aquellas escenas de la molienda de café. Miré el lugar. Nada ni nadie había, salvo cafetos invadidos por la maleza, cafetos que hasta el siglo antepasado eran cultivados especialmente para el emperador de Alemania. Tomé mis cosas, regresé al puesto de acecho, donde había un gran venado abatido -no por mí- con una flecha en el codillo para partirle el corazón. Parecía un regalo, una ofrenda de la joven de la molienda de café, la de las marcas de Cristo en las manos, la tocada de eternidad. No lo quise. Emprendí el camino de regreso al rancho, abrumado, en silencio, queriendo pensar en cualquier cosa menos en el cafetal y sus danzantes.
