Armando Martínez de la Rosa
Cactus
Son los franciscanos de nuestra naturaleza, los minimalistas que sobreviven con cualquier puño de sustrato y con dos o tres gotas de agua cada que el cielo quiere. Son los cactus.
Sin ser fanático de las cactáceas, tengo por ellas una cierta admiración por su capacidad de vivir, florecer, frutecer y reproducirse en la adversidad. Contra lo que comúnmente se dice y piensa, nuestro planeta es poco amable con la vida y está pletórico de adversidades y peligros.
No exagero. El aire tan vital para la vida que no podemos dejar de respirar -los comunes- dos minutos sin riesgo de morir, se convierte de pronto en ventisca, ciclón, huracán, tornado y nos arrasa. El agua, sin la que en tres días comenzamos a fenecer, puede trocar en furioso torrente, arrastrar miles de toneladas de lodo y roca en un lahar, inundarnos en una tormenta gigante, desbordar ríos, y peor cuando el cuenco de los océanos enfurece y vuelca las aguas a tierra firme.
Y el sol, padre de toda forma de vida, puede matarnos en unas pocas horas, generar incendios, trastocarnos las comunicaciones y destruir nuestros satélites de telecomunicaciones, o esconderse mucho tras nubes rebeldes y pertinaces de modo que su ausencia hiela el mundo.
Ni la selva es la bondad verde ni el desierto es el demonio estéril, pero tienen sus propias adversidades. Y en ese nadar contra corriente la vida se ha afianzado en el planeta de las varias caras.
De cómo la adversidad propicia la prosperidad de algunos, los cactus son ejemplo. Con tan poco dan mucho, con apenas lo indispensable, son vida fuerte, de alguna manera proceden con sabiduría, como si hubiesen estudiado su entorno. Muchas están ahora mismo en riesgo, como la biznaga del desierto de Sonora, que se tala para elaborar un dulce, de esos de colores que les ponen a las ridículas e insípidas roscas de reyes, por ejemplo.
En las andanzas de caza por valles, cerros, barrancas y montañas he visto muchos cactus luchando por vivir. A veces, uno aferrado a la superficie plana de una roca en el camino; en ocasiones, alongándose como serpientes en busca de aire, tierra y agua. Y otras, en la certeza del suelo firme y plano.
Y en tantas idas y vueltas a los montes, encontré un cactus raro asido al poco sustrato en un rinconcito de una amplia superficie de roca lisa, con unos cien metros de anchura y una pendiente a lo largo de 150 metros, con unos pocos escalones, varios nopales y otros cactus más o menos comunes. El que hallé me lo mostró un excelente amigo que nos guía por sus dominios en la caza de venado. Me explicó que era un ejemplar de una especie muy rara, que casi se ha extinguido en esa zona.
Pensé en recoger la planta y traerla conmigo para que con cuidados sobreviviera y se reprodujera para después repoblar el área de donde vino. Varias veces dudé al pasar de regreso junto a ella. Decidí, finalmente, dejarla a su suerte, a que la naturaleza determinara su destino.
A la temporada siguiente, cuando subí al venado y pasé por la plancha de roca, el cactus ya no estaba. En verano había llovido mucho y probablemente uno de tantos torrentes lo arrancó.
-Ojalá el agua lo haya depositado en un sitio donde pueda volver a crecer- pensé.
-Hay adversidades contra las que nadie puede- me dije en silencio y continué el ascenso rumbo al aguaje de los ciervos.
