Armando Martínez de la Rosa

Figuraciones

Necesito unos binoculares. Los compraré para tenerlos listos para usarlos en la siguiente temporada de caza, que se inicia dentro de 5 meses y unos días. Tuve unos que incluso tomaban fotografías en un tiempo en que tales máquinas eran vanguardia tecnológica. El trajín de la caza los averió y no encontré nadie que los reparara.

Contra lo que pudiera pensarse, no los necesito para ver animales en el monte, aunque eventualmente serán para tal uso. Mi intención es utilizarlos en aclarar algunas visiones y figuraciones que en mi larga vida de cazador he tenido y me han intrigado.

Las más comunes que he tenido son las auditivas, pero evidentemente unos catalejos no sirven para despejar dudas sonoras, sino visuales. Les contaré algunas.

A media tarde, a la sombra de altos follajes, aguardaba la llegada de los venados a comer de los mojos en privanza. Frente a mi baluarte se abría una extensa y profunda área de matorrales muy bajos y ralos y troncos de unos pocos árboles grandes. Si entraba, vería el venado a cien metros de mi puesto de tiro, y de ahí se acercaría hasta unos 20.

El paraje se terminaba al pie de un cerro. Por ahí se abría una vereda que llevaba, más abajo, a unos 200 metros, a donde mi compadre Cándido esperaba en un ojo de agua a los ciervos. Aunque la distancia era corta, no podíamos vernos.

En esa vereda, de pronto a media tarde descubrí la figura de una persona que inmóvil miraba fijamente a mi puesto de tiro. Me pareció extraño que alguien transcurriera por el senderito de venados y con vestimenta de calle. Tampoco yo me moví. Tenía la escopeta en las manos como suelo mantenerla en los acechos.

Luego de varios minutos de observar a la figura, giré la mirada a otro punto. Descansé la vista y luego la volví al sitio donde estaba el hombre extraño. Seguía ahí, tan inmóvil como al principio. Por un momento pensé en hablarle, pero me contuve. Estaba yo cubierto por el baluarte y él no me habría visto aún. Evalué la conveniencia de apuntarle visiblemente con el arma. Desistí porque no había justificación y desconocía si él iba armado y en tal caso necesariamente se daría un enfrentamiento.

Opté por descansar la vista mirando a otro punto. Luego la volví sobre la vereda donde se encontraba el hombre. Esta vez ya no estaba. Escudriñé cuanto pude el monte en busca del extraño. Se había esfumado.

Si hubiese tenido unos binoculares habría salido de dudas desde el principio. Al día siguiente pregunté a mi compadre si había visto a un tipo así y de este y otro modos pasar cerca de su puesto. -No, nadie pasó- me dijo.

Años antes, en una cacería en el norte del estado, vi pasar a un hombre del otro lado de un cuerpo de agua. Supuse que era uno de mis amigos, porque sólo nosotros estábamos en ese lejano campamento inaccesible. Como fuera, regresaría por la misma ruta porque el camino se topaba con un cerro abrupto, casi vertical, que le impediría el paso.

Cuando la figura pasó caminando, unas vacas que se acercaban a abrevar corrieron y mugieron evidentemente espantadas. Se metieron al agua hasta los corvejones. Como nadie volviera, decidí ir a investigar. Busque huellas en un arenal por donde había pasado el hombre. Sólo había el hollado de las reses.

Regresé al campamento. El compañero que supuestamente había pasado frente a mí al otro lado de la laguna nunca había ido a ese sitio, me dijo.

Como esas visiones y figuraciones he tenido varias. Largo es contarlas. Para eso quiero comprar los binoculares, para acercar las imágenes y salir de dudas.