Armando Martínez de la Rosa

¿La caza es deporte?

Empezaré por el final: la caza me gusta, entre otras razones, porque no es un deporte ni se le parece.

Hace muchos años me disgustaba que alguien me hablara de la cinegética llamándola deporte. A veces, a riesgo de parecer grosero, aclaraba que no lo es ni se le parece a ninguno. En ocasiones me enfadaba y dejaba pasar el desaguisado. Después me daba lo mismo. Y ahora, me da risa.

El tiro de competencia sí es deporte, tanto que algunas modalidades están incluidas en los Juegos Olímpicos, tanto de pistola como de rifle y escopeta. Hasta rifles de aire entran en la disputa de medallas. Pero el tiro, en tanto disparo, es sólo una parte de la caza, un instante de ella.

Los cazadores -la mayoría, quiero decir- no vamos a los montes a obtener un trofeo, que así les llaman a los venados enormes con astas de tales más cuales medidas, tantas más cuantas puntas y tantas pulgadas de abertura de la canasta del bicho. Y a otros ungulados del planeta. Hay al menos dos sistemas de medición, el Boone and Crockett y el Safari Club International. Son instituciones muy serias, rigurosas en el registro de medidas y otros requisitos de trofeos y récords. También miden de otros animales y son mundialmente famosos sus récords tales como el Grand Slam de Borregos de Norteamérica -son 7 y entre ellos se cuenta el cimarrón de Baja California y Sonora-.

Estas cacerías son para ricachones que pueden pagar partidas en medio mundo o el mundo entero, transportarse con suma facilidad e interesados en sobresalir entre cazadores de similar condición. Compiten en una élite cinegética mundial. Es legítimo. Ni aunque tuviera dinero para pagar esa práctica lo haría.

A mí me agradan otros elementos de la caza. El primero de ellos es la aventura de salir del confort urbano para meterse en los montes agrestes, hostiles, retadores, al mismo tiempo llenos de misterio y belleza, de paisajes que imponen y llenan de paz a quienes los observan. Si los bichos llegan, está bien. Si no aparecen, ya aparecerán. El segundo, el aprendizaje de las señales que dan los animales. Tarda uno muchos años en aprender ese “lenguaje”, pero sirve mucho. Y tercero, la carne salvaje que se toma uno de la naturaleza, la que uno se ha ganado con su propio esfuerzo.

Así, con nadie compito y menos con mis amigos compañeros de caza. Porque no hay competencia ni adversarios ni nada que se le parezca en esta bendita afición. Como nada se le parece a pasar días y noches a la intemperie en la montaña al acecho de la presa que se busca.

-Pero, Armando, compites contigo mismo- me dijo un día alguien conversando a este propósito. Frase gastada, lugar común. Mala cosa.

-Pues eso es aún menos interesante, porque soy tan malo que me será sumamente fácil ganarme a mí mismo- respondí en tono de burla.

No, no voy a los montes a ganarle nada a nadie. Voy porque me gusta, porque disfruto, porque me rehago el ánimo, porque en la soledad me acuerdo mejor de quienes amo y porque de noche es un deleite ver el firmamento y las estrellas para pensar en el infinito cosmos, su origen, en la hermosa vida y en Dios.