Armando Martínez de la Rosa
Aromas y misterios
Una racha de viento leve baja desde lo alto de la montaña y lleva aroma de un perfume extraño que todavía los químicos no han diseñado en sus laboratorios de alta tecnología en Francia o Italia. Supongo que allá están esos sitios de creación de esencias, y sólo lo supongo porque de perfumes embotellados lo ignoro casi todo.
Así bajó el aroma que parecía de jazmines, primero, y de caléndulas después, sin que fuera ni uno ni otro, sino uno diferente aunque parecido a los de esas dos plantas.
Metido desde hacía horas en mi puesto de acecho al venado y al jabalí, cercano al ojo de agua, respiro profundo el regalo de la noche, el aroma que no encontraré en ninguna perfumería del mundo y que para volver a percibirlo deberé volver a este sitio y con un poco de suerte y paciencia tal vez el misterioso olor retorne.
Supongo que ese aroma existe, que no es invención de mi cerebro, y que por consecuencia puede volver, a no ser que se trate de un asunto extraño, por ejemplo que un grupo de ángeles hubiese pasado volando por el filo de la montaña y del batir de sus alas se haya desprendido esa esencia de que les hablo. Si así sucedió, debieron ser de esos ángeles pacíficos y santos que cantan y alaban al Señor, no de los serafines que son más rudos que el Cavernario Galindo y el Perro Aguayo juntos. Tanto que uno de ellos colocó carbón ardiente en la boca de Isaías para purificarlo, pues el profeta había visto al Señor siendo él, Isaías, “un hombre de labios impuros”. Infiero que los serafines podrían arrojar meteoritos ardientes en el firmamento, pero no batir perfumes misteriosos. De eso se encargan otros ángeles, seguramente ángeles mujeres.
Mientras uno cultiva la paciencia enorme que se necesita para cazar venados un día de suerte, llegan muchos olores. La noche cuando es joven tiene uno propio, en sus primeras horas. Huele un poco a humedad y polvo, a estiércoles de reses andantes por el monte casi mostrencas. Ese aroma es como el de las historias viejas que salían de los muros de adobe de las casas de antes y se pegaban a los cuadernos de la memoria con tinta indeleble.
En el mundo, la mitad de la realidad son aromas y la otra mitad es de vientos que los llevan a los hombres, a los ángeles y a Dios. Supongo, y sólo lo supongo, que al Señor le agradan los buenos olores que él mismo creó al principio de los tiempos. Si no, ¿de qué sirve en la liturgia el balanceo de los incensarios que esparcen el regalo de humo primitivo de la goma de huizache para alabarlo?
Terminábamos de acechar venado mi compadre Cándido y yo una mañana. El salió de su puesto a la vereda de regreso a esperar que saliera yo del mío. Comencé a descender cuando de la ladera de enfrente nos llegó un viento con olor de jabalí. Es inconfundible por la intensidad de la esencia que brota de una glándula que el bicho tiene en el lomo.
Tiramos rápidamente las mochilas al suelo, quitamos el seguro a las escopetas, cerrojeamos, las levantamos, todo en movimientos grabados en la memoria muscular y encaramos. Eso hicimos en no más de dos segundos.
No había ruido, sólo el olor de los bichos. Iba al norte de la mano del viento. Lo seguimos hasta que desapareció poco a poco a medida que los jabalíes remontaron el cerro rumbo a las cuevas de los filos donde se guarecen. En la escuela primaria aprendí que el agua potable es incolora, inodora y de sabor fresco y agradable. Así es el agua de los nacimientos en la montaña, pero no es inodora, esa agua purísima sí huele. Es un olor luminoso como sonrisa de mujer bonita. Y es así a pesar de que proviene de las entrañas profundas de la tierra. Creo que de ahí le viene el olor leve de pureza. Si el amor tiene un aroma, es el del agua recién nacida de un ojo de agua de montaña. Lo digo porque ese olor ni siquiera los ángeles lo tienen.
